Rafael Gutiérrez Giradot (1928-2005) se fue de Colombia en 1953 huyendo del ambiente creado tras el Bogotazo, y llegó a España, donde asistió a clases de Ortega y Gasset, sobre el que ya venía publicando artículos desde 1948. Su inicial interés por el filósofo madrileño se tornó pronto en un hondo desprecio intelectual, al parecer debido a un encontronazo personal entre ambos, y empezó a asistir a las clases privadas de Xavier Zubiri. De hecho Gutiérrez Girardot se convertirá en un seguidor y defensor de la obra zubiriana, que opondrá toda su vida como ejemplo de buena filosofía a la orteguiana, que consideraba mediocre. Como la autoridad intelectual de Gutiérrez Giradot fue tan enorme en la Colombia de la segunda mitad del siglo XX, la recepción de Ortega y Gasset se vio mermada en el país. Sin embargo Colombia es uno de los países de Iberoamérica en el que el pensamiento de Xavier Zubiri ha tenido más peso. De hecho el Grupo de Bogotá, variante nacional de la Filosofía de la Liberación, encontró en el pensamiento del filósofo vasco su principal fuente de vertebración metafísica.
Gutiérrez Girardot se interesó mucho por la literatura española, hasta que empezó a inclinarse por el estudio de la cultura de Alemania, y acabó trasladándose a ese país. Aun así siguió relacionado hasta su muerte con el mundo universitario español y envió contribuciones regularmente a la revista barcelonesa Quimera. La parte de su obra que más influencia tuvo fue empero la que podemos encuadrar dentro de la categoría de la historia de las ideas en Hispanoamérica.
Si
bien el tema español no ocupa más que una pequeña parte de la producción
intelectual de Gutiérrez Girardot, pocos autores extranjeros han mostrado un
conocimiento tan profundo (y patológico, si podemos decirlo así) de nuestro
país. Desde una posición latinoamericana antiespañola, Gutiérrez Girardot
escribirá, las más de las veces, con violencia y desprecio sobre la antigua
metrópoli. Y sin embargo hay una gran lucidez en muchas de sus diatribas.
Para
Gutiérrez Girardot*, entre los españoles anida el resentimiento ya desde la
Contrarreforma. Y en las Meditaciones del Quijote de Ortega encuentra la
expresión exacta: “Los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de
rencor, y las cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente”. Esta cita
–pero elevada a concepto, como bien dice Juan Guillermo Gómez –se repite en
casi todos los estudios de Gutiérrez Girardot sobre literatura y pensamiento
españoles; se sirve de ella para explicar a muchos de sus autores, de los que
salva a muy pocos (básicamente a Machado y a Quevedo, y el segundo con
salvedades), ni siquiera Cervantes sale bien parado.
Pero
la faceta que más ataca es la de la simulación intelectual o “rastacuerismo” de
los españoles, cuyo principal exponente es don José Ortega y Gasset.
En
el siglo XIX, nos explica, los parisinos llamaban “rastaquouére” a los
extranjeros, latinoamericanos sobre todo, que se paseaban derrochadores por su
ciudad sin conocerse sus “medios de existencia”. Rubén Darío le dedicará una
glosa al término, que usará contra el chovinismo de los propios franceses. Y,
finalmente, Gutiérrez Girardot lo reorientará contra los “intelectuales” que
basan su título en simular un conocimiento que no tienen. Son españoles en su
mayor parte, pero también latinoamericanos como Octavio Paz o Nicolás Gómez
Dávila.
El
rastacuerismo específicamente español viene del retraso cultural del país, que
provoca un complejo de inferioridad con respecto a lo europeo, que se
identifica con la alta cultura. En España, empieza a primar la simulación
acelerada de un dominio de las ciencias humanas, afectado y de cara al espacio
público, que encubre un rechazo del trabajo sistemático y científico. Lo que se
busca sobre todo es la “fama”, más que mejorar intelectualmente. Así degenera
la figura del intelectual, que acaba convertido en una especie de cacique. La
fama lleva además a la envidia de los que no lo son, que no tratan de aprender
más para superarse, sino que desarrollan el odio cainita o “el malestar por el
bien ajeno”, típico de los católicos.
La
religión católica está en el fondo de los males españoles, sostiene Gutiérrez
Girardot, que lleva a rechazar el mundo terrenal y las debilidades humanas, y a
volcarse en una banalidad estetizante desinteresada de la realidad. Frente a la
metafísica alemana, por ejemplo, los españoles desarrollan una cultura banal y
frívola, que tiene bastante de “autodesprecio”, y falta de crítica
constructiva.
Y
dentro de esta gran farsa, el gerifalte de “la simulación majestuosa” es Ortega
y Gasset, y sus discípulos, que heredaron sus defectos.
Gutiérrez
Girardot sostiene que el pensador español era un “estafador”, y lo dice en
sentido literal y sin barruntos de ironía. Considera que plagió
sistemáticamente a otros autores, y que siempre estaba hablando de temas que no
desarrollaba, o advertía que ya los tenía pensados pero que todavía no los
había escrito -como su anunciado tratado de metafísica-. Le acusa de ser un
exagerado o un ignorante en temas de filosofía, y argumenta para demostrarlo
que fuera del mundo hispánico nadie le tomaba, o le toma, en serio. Dice que
Ortega hablaba mal alemán, pero que se dedicaba a utilizar términos en esa
lengua por mera pedantería; que siempre citaba a “mi amigo Scheler” o “mi
maestro Cohen”, cuando los mencionados filósofos casi no le conocían. Sostiene
Gutiérrez Girardot que ninguna de las ideas de Ortega han aguantado el paso del
tiempo, y que su pequeña celebridad se debe a que en Alemania, tras la última
guerra mundial, necesitaban un pensador bandera, políticamente útil, y que por
eso recurrieron a él, que además era “exótico” -como lo fueron Calderón o
Donoso Cortés, cuya influencia en Alemania no habría que sobredimensionar ya
que también se debió a lo “extraño” de sus propuestas, y la utilidad que tiene
lo “extraño” para cohesionar una cultura.
Y
lo más deleznable de todo este rastacuerismo orteguiano es que se orientó a
dominar a sus semejantes, que si hubieran sido más cultos no le habrían
tolerado. Ortega -seguimos con Gutiérrez Girardot- quería ser un notable de una
“república imperial española”, y cuando no lo consiguió se agrió y se recluyó
en un mundo apolítico.
Lo
único bueno que parece ver el colombiano en Ortega es que su indudable imperio
intelectual sacó a los hispanoparlantes de los “tomismos domésticos” y los
llevó a toda una serie de autores europeos que sin su mediación no hubieran
conocido. Luego, en seguida reconsidera este punto y dice que esta selección de
autores fue parcial y negativa porque no incluyó teóricos del trabajo
científico.
*Gutierrez Girardot, R. (1992). Sobre la Crítica y su carencia en las Españas. En Provocaciones. Ensayos (págs. 25-44). Editorial Investigar.

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