Una verdadera teoría crítica tendría
que estudiar las preferencias de la izquierda postmoderna a la hora de elegir
sus textos sagrados. ¿Qué hay detrás de la pontificación de Ernesto Laclau, que
no es más que un estratega cínico de la imposición de hegemonías, o de la de
Michel Foucault, que era un sádico que se relamía en la falta de escapatorias? En
el catálogo disponible hay sin embargo muchos otros autores de igual o superior
pericia intelectual que los mencionados, pero los gerifaltes de la pensadera
zurda parecen desconocerlos, e insisten en regurgitar a filósofos nihilistas que
anhelan tomar el poder para arrasar el mundo y reconstruirlo según sus
fantasías neo gnósticas.
Quizá la respuesta sea que la izquierda postmoderna únicamente aspira a constituirse en élite de poder y lo que necesita son justificaciones para ello. Sirven entonces todos esos apologetas del cul de sac que anatemizan el mundo, y nos recuerdan lo malamente que está la cosa, y nos aseguran que ellos saben mejor que nadie lo que nos conviene. Por ello les molesta la autonomía popular y los saberes vernáculos, porque implican que la gente de a pie puede bastarse por sí misma sin necesidad de chamanes salvadores.
Ivan Illich (1926-2002) tributa como
ejemplo de autor brillante inequívocamente de izquierdas pero orillado por el
izquierdismo postmoderno. De uno de sus libros, el bellísimo El viñedo del texto, ya hemos hablado aquí. Además sus Obras Reunidas están bien
editadas y circulan. Allí encontramos libros como La sociedad
desescolarizada o Némesis médica que fueron pequeños clásicos en su
momento. No es un autor fácil, pero desde luego es menos enrevesado que
cualquier postestructuralista al uso. También hay un par de libros de
conversaciones a cargo de uno de sus principales interlocutores, David Cayley,
que ayudan al lego a comprender su pensamiento.
Es cierto que Illich escribe contra la
sociedad industrial y nosotros estamos ya en otra cosa, pero mucho de lo que
dice todavía está vigente. La convivencialidad, por ejemplo, uno de sus
títulos más interesantes, sigue siendo un buen manual para que funcionen los
experimentos sociales de autogobierno, o incluso para cualquier movimiento popular
que aspire a no delegar responsabilidades en activistas profesionales.
Hay una introducción a su obra que no
podría ser más pertinente: Otra modernidad es posible. El pensamiento de
Ivan Illich de Humberto Beck.
Apareció en Malpaso con una edición muy cuidada y está muy bien escrito.
Es una buena puerta de entrada para embarcarse en el corpus del filósofo.
Beck nos explica en las primeras páginas
que su estudio se centra en los libros más célebres del filósofo, o sea, en los
más políticos, y que la última parte de la obra illicheana, la que se centró
más en cuestiones epistemológicas, queda un poco al margen aquí. Seguramente es
una buena idea no intentar abarcarlo todo en un libro tan breve.
Ivan Illich era austriaco y nació en
una familia judía que tuvo que exiliarse. Se ordenó sacerdote católico, y no
tengo claro si colgó los hábitos o no, pero desde luego fue creyente hasta el
final. En Nueva York entró en contacto con los inmigrantes puertorriqueños, y
sintió que entre ellos estaba su sitio. Se trasladó a Puerto Rico, y más
adelante a México, país en el que su obra tuvo especial repercusión. Sus
últimos años los pasó en Alemania.
De los muchos aspectos que hacen diferente
a su obra de la de muchos de sus coetáneos es que la antropología cristiana
está en el fondo de sus propuestas. Casi no habla de teología en sus libros más
leídos, pero el optimismo existencial y su fe en las empresas comunitarias está
presente en todo momento. Tiene fe en las personas y en sus posibilidades de
autoemancipación.
Beck dice que Illich cree en la idea
de Bien, y que desde ese principio hay que entenderlo. También que su obra
política se debe leer desde la dicotomía entre “organización social autónoma” y
“organización social heterónoma”. O sea, que para el filósofo los saberes
tradicionales y las formas de convivencia heredadas deben ser la base del
autogobierno comunitario, y que toda forma de imposición exógena, burocrática y
vertical es especialmente antipática, particularmente las que se presentan con
los ropajes de la “modernización”.
Illich no era reaccionario, nos
recuerda Beck, porque no quería volver al pasado. Aceptaba la modernidad, pero
como afirma el título del libro, quería una modernidad alternativa, una que
mantuviera los ideales de la Ilustración, pero no los del industrialismo. No se
conforma con abominar en posición fetal contra el mundo que le ha tocado vivir,
sino que propone escenarios posibles en los que las “herramientas” como el aprendizaje,
la medicina y el transporte, ayuden a crear una vida buena, pero sin que
lleguen a cruzar ese umbral en el que esas mismas herramientas nos arrastren
hacia lo que denomina la “contraproductividad”: ese punto en el que la escuela pasa
a ser una fábrica de siervos, la medicina provoca más dolor del que mitiga y
los coches nos hacen perder más tiempo del que emplearíamos yendo a pie.
Illich habla de las “herramientas
convivenciales” que son “vehículos de intencionalidad”. O sea, por ejemplo, un
libro, un teléfono de los que se colgaban en la pared, una bicicleta. Todos
esos chismes que está a nuestro servicio, no que han alcanzado tan grado de
complejidad técnica que son un fin en sí mismo.
El mundo que imagina parece viable y
uno quisiera poder apuntarse. Está bien poder llamar a tu abuelita del pueblo
para saber si está bien; es engorroso pasarse horas haciendo scrolling
en una pantalla digital. Qué maravilla es poder sacarse una muela molesta sin
dolor y qué horrible es pasar por un quirófano por cuestiones banales. Sin duda
es tan gratificante poder volar de vez en cuando a otro continente como es
deshumanizante que todo esté lejos y que haya que pasarse varias horas al día
en atascos.
Illich no plantea nada a priori irrealizable;
sus aspiraciones son de este mundo. No se le puede considerar como otro negador más de la contingencia. Sus libros apelan a la creación de
instituciones no estatales, libertarias, en las que se potencie la creatividad
y las relaciones humanas sanas. Son libros para el día después de la creación
de una ZonaTemporalmente Autónoma.
Por supuesto no se puede estar más a
la contra del zeitgeist. Sólo por eso merece la pena leer a Illich.

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