Una verdadera teoría crítica tendría
que estudiar las preferencias de la izquierda postmoderna a la hora de elegir
sus textos sagrados. ¿Qué hay detrás de la pontificación de Ernesto Laclau, que
no es más que un estratega cínico de la imposición de hegemonías, o de la de
Michel Foucault, que era un sádico que se relamía en la falta de escapatorias? En
el catálogo disponible hay sin embargo muchos otros autores de igual o superior
pericia intelectual que los mencionados, pero los gerifaltes de la pensadera
zurda parecen desconocerlos, e insisten en regurgitar a filósofos nihilistas que
anhelan tomar el poder para arrasar el mundo y reconstruirlo según sus
fantasías neo gnósticas.
Quizá la respuesta sea que la izquierda postmoderna únicamente aspira a constituirse en élite de poder y lo que necesita son justificaciones para ello. Sirven entonces todos esos apologetas del cul de sac que anatemizan el mundo, y nos recuerdan lo malamente que está la cosa, y nos aseguran que ellos saben mejor que nadie lo que nos conviene. Por ello les molesta la autonomía popular y los saberes vernáculos, porque implican que la gente de a pie puede bastarse por sí misma sin necesidad de chamanes salvadores.
