2.8.25

El amanecer de los derechos del hombre, de Jean Dumont


Si nos fiáramos de los libros de historia, concluiríamos que todos los avances desde las cavernas hasta hoy se los debemos a los estadounidenses y a los europeos (del norte, claro). El resto de los pueblos oscilamos entre el oscurantismo y el subdesarrollo patológico. Según esta visión mainstream de la historia, los españoles —como los chinos o los egipcios— no existen realmente, o si existen, es solo como espejo exótico y negativo de los valores civilizatorios.

Los españoles son definidos sistemáticamente como seres extraños, refractarios a la modernidad, que cruzaron el océano sedientos de sangre y oro, con mentalidad aún medieval y el demonio de la Inquisición corriendo por sus venas. El Descubrimiento de América fue, según esta visión, una barbarie sin matices (y, de hecho, fue una barbarie, pero habría mucho que matizar).

La realidad es que el siglo XVI español fue una oscilación constante entre la ignominia y la grandeza. Unos centenares de desheredados, muchos enfermos de paludismo, conquistaron en poco tiempo una extensión de territorio sobrecogedora. Además, sus libros de crónicas constituyen un legado impagable para la humanidad: nunca antes se había descrito con tal profundidad y maestría la aparición del Otro.

Por primera vez, un imperio invencible dialogaba sistemáticamente con letrados humanistas que, desde la metrópoli, impugnaban cada una de sus victorias. Este aspecto suele silenciarse; si bien no redime los crímenes ni el horror causado, es de un interés mayúsculo: el amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid, de Jean Dumont, relata este hecho sorprendente.

La mejor síntesis del libro está en la cita introductoria, tomada de Lewis Hanke:
“Fue en 1550, el mismo año en que el español había alcanzado el cenit de su gloria. Probablemente nunca, ni antes ni después, ordenó como entonces un poderoso emperador la suspensión de sus conquistas para que se decidiera si eran justas”.

La obra de Dumont es rigurosamente histórica y académica, pero se lee con la emoción de una novela. Presenta el escenario: Valladolid, donde Carlos V ha decidido plantearse si la Conquista es moral (también le preocupa, claro, que los conquistadores se conviertan en una nueva aristocracia ingobernable), y convoca a los hombres más sabios del reino para debatir.

Luego, el autor introduce a los dos protagonistas principales de este drama, que caminan lentamente hacia un duelo dialéctico que puede cambiar —literalmente— el mundo. Uno es Bartolomé de las Casas, dominico, de formación intelectual poco sólida, pero apasionado y prolífico escritor. Su propuesta es devolver América a los indígenas, que los españoles abandonen ese territorio voluntariamente. El otro es Ginés de Sepúlveda, brillante aristotélico, el primer moderno de Europa; privilegia la razón de Estado por encima de las cuestiones éticas, y, convencido de la inferioridad de los no cristianos, cree en las guerras humanitarias como vía para civilizarlos.

También aparecen personajes secundarios como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto, que aportan sus teorías sobre los derechos individuales, la política internacional y el derecho de gentes; es decir, sientan las bases teóricas del mundo actual.

Se suceden entonces unas jornadas apasionantes, en las que los contendientes se disparan argumentos. Hay giros de guion, pequeñas victorias y una radicalización que se mezcla con cierta empatía entre ambos. Como ocurre a menudo, Ginés de Sepúlveda ganó la batalla y la Conquista prosiguió, pero fue Bartolomé de las Casas quien se convirtió en leyenda: es él quien hoy es considerado el héroe de esta tragedia.

La lectura de este libro desbarata muchos de los prejuicios ideológicos sobre los que se construye la mentalidad europea actual. Es magnífico, aunque adolece de cierta inocencia al no detectar las dobles intenciones y los frecuentes intereses cínicos de sus protagonistas. Si se complementa con el más maquiavélico ¿Qué imperio?, de José Luis Villacañas —que analiza los usos propagandísticos que hacía Carlos V de los hombres de letras que merodeaban por la corte, hegemonizando un día a los erasmistas, otro a los belicistas, a veces a Las Casas, otras a Sepúlveda, siempre según su agenda política y en interés de su reinado—, la historia pierde algo de su aureola épica, pero gana en profundidad.

Pero esa decisión se la dejamos al gusto del lector.

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