10.8.25

Un cuento de otro género

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Lars se detuvo justo antes de entrar en la alcoba.

Ante esa puerta grande, de bordes dorados, experimentó, por primera vez en muchos años, desasosiego.
Llevó la mano derecha al costado y acarició la empuñadura de su espada.

Se abandonó a sus recuerdos.

Recordó aquella primera batalla, cuando, siendo apenas un imberbe, cargó solo contra los húsares del Zar. Al regresar a su país fue aclamado entre muchedumbres y banderas, e incontables doncellas le rindieron tributo privado en sus aposentos. Lars divagó sobre esa extraña alquimia que abría las puertas del deseo femenino, y se alegró de dominarla.

También evocó al maestro Yusuf, con quien pasaba las noches en el torreón del palacio, trazando un mapa de las estrellas e inventando nombres para las constelaciones. Le incomodó imaginar lo irritantes que le parecerían a su futura esposa aquellas ausencias nocturnas.

Se emocionó al recordar a Willhem, su hermano de armas, con quien escapó de las mazmorras, atravesó los desiertos de Arabia durante meses, y a quien acompañó en su exhalación final, ya en las playas de Tánger. Aquel amanecer, aun padeciendo hambre y gangrena, junto al cuerpo inerte de su camarada, Lars contempló los tonos ígneos que se reflejaban sobre el Mediterráneo, y sintió que el mundo era un lugar hechizante.

La idea de perder ahora su libertad —eso que la Reina, su madre, llamaba “madurar”— lo angustió.

Frente a la autenticidad del viaje y la aventura, el matrimonio le pareció algo que fluía entre la gesticulación y la impostura. Lars se sentía empujado a seguir con la farsa por las presiones de la Corte, no por su deseo.

Y en aquel momento, frente a la puerta grande de bordes dorados, tomó una decisión.

Volvió sobre sus pasos, subió a su caballo y cabalgó con ansia en pos de otras fronteras inexploradas.

Había decidido no besar a Blancanieves.



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