17.8.25

Ñamérica, de Martín Caparrós

 

Antes de la aparición de  internet Martín Caparrós habría sido el cronista más importante del momento. Sus artículos en El País se leerían como hitos culturales de la semana, y pasearse con sus libros bajo el brazo sería una nota de buen gusto entre la intelectualidad hispánica. Pero internet es un infinito salvaje de propuestas similares —la mayoría peores, pero también algunas mejores—, y tantos bits de información hacen difícil que alguien tan predigital, que da la sensación de que todavía teclea una Olivetti en alguna pensión crujiente mientras fuma Ducados, pueda ya ser un referente inapelable en esto del periodismo narrativo bien hecho.

Por otro lado, quizá su principal atractivo es que parece desconocer cómo se hacen hoy las cosas en su género. Ñamérica, el libro que nos ocupa, son seiscientas setenta y tres páginas de puro texto; sin fotografías, sin enlaces a YouTube, sin DVD anexos ni, mucho menos, códigos QR para descargar material adicional. Magnífica prosa de la vieja escuela sin aditivos.

El libro es la crónica de treinta años de viaje por la América que habla español, esa “Ñamérica” del título que es un término que se ha inventado el autor y que aglutina unos veinte países con más de 400 millones de personas. Caparrós habla con mucha gente y nos cuenta sus anhelos y miedos. También visita muchas ciudades y describe las impresiones que le dejan. Ocho capítulos están dedicados a unas ciudades en concreto (México, El Alto, Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos Aires, Miami y Managua), y entre cada uno de ellos intercala pequeños ensayos en los que se habla de cuestiones políticas, religiosas y culturales del continente. Hay unidad temática: todos los capítulos se relacionan entre sí, ilustran alguna cuestión claramente planteada, y el lector termina el libro sabiendo un poco más sobre Ñamérica que cuando lo empezó.

 

Caparrós es periodista y no sociólogo, y mucho menos es un “intelectual comprometido”. Pero no se limita a retransmitir lo que ve: se nota que ha leído bastante de historia política y económica del continente. Solo que, en lugar de epatar exhibiendo conocimientos, desliza argumentos muy fundados como quien no quiere la cosa, sin darse importancia, a veces entre chascarrillos, para que no parezca que estamos ante un autor resabiado y un texto plúmbeo.

Al poco de empezar el libro se refiere a Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y cuenta que lo ha releído antes de comenzar, por si acaso escribir otro libro sobre la región resultara redundante frente a este famosísimo libro rojo del canon progre. Sin embargo, lo desmitifica, como hará con todos los mitos telúricos y políticos que confunden al continente. Acusa a Galeano de construir una fábula absurda, según la cual habría existido una América precolombina auténtica, pura y angelical, y el destino de la acción política actual tendría que ser volver a ese Edén arrebatado, en el que aparentemente no había sacrificios humanos ni opresión imperial. Caparrós también recuerda que el libro de Galeano es de 1971, que ha llovido mucho desde entonces, y que hoy Ñamérica es mayoritariamente urbana, la emigración se ha generalizado y la sociedad de entonces ya no es la de ahora. Las venas abiertas ya no sirve, si alguna vez lo hizo, para entender el continente (en honor al propio Galeano, por cierto, hay que decir que en el año 2014, poco antes de partir al barrio de los acostados, él mismo renegó de este libro suyo sacralizado).

Hemos dicho que Ñamérica tiene mucho de artefacto desmitificador en una tierra muy dada a ahogarse en sus propios mitos —Colombia, por cierto, produce muchos mitos sobre la región, desde el continente mágico hasta el narco y el reguetón, alimentando clichés que se exportan al mundo—. Este es un libro escrito para hablantes del español americano que, entre líneas, susurra a sus lectores que no se crean lo que los rubios que habitan al norte del Río Bravo dicen de ellos, pero tampoco lo que ellos mismos dicen sobre sí mismos. Por ejemplo, históricamente Ñamérica ha sido menos violenta que Europa, solo que aquí su violencia es privada, asociada al narcotráfico y la criminalidad, pero lejos de las masacres genocidas de las guerras mundiales y los totalitarismos.

 

También insiste, y lo hará constantemente, en que lo de los indígenas como puros, y que todo lo que vino después fue ruina de esa pureza, es una fábula tóxica. No hay nada honorable en querer mantener fijadas en el pasado lo que queda de culturas indígenas. Más bien Caparrós subraya que América Latina es una de las zonas más mezcladas del mundo, producto de cinco grandes olas migratorias: los pueblos originarios, los conquistadores españoles, los esclavos africanos, los inmigrantes europeos del siglo XIX–XX y las recientes migraciones que ahora crean una diáspora salida de la región. Esa mezcla, dice, es lo que hace a Ñamérica particularmente interesante; de haber una identidad nacional, esta es felizmente impura y hay que reivindicarla como tal.

 

Tampoco parece que el autor, que por si a alguien le preocupa es argentino, tenga gran simpatía por las diversas “patrias” dentro del continente, que le parecen más bien pastiches construidos por oligarcas. Lo que sí hay es una comunidad cultural que atraviesa fronteras, un idioma que une a millones de personas. Podríamos matizar que lo que existen son repúblicas, algunas altamente funcionales, pero no divisiones nacionales como pudiera haber en Asia o Europa. Venezuela y Colombia son claramente dos repúblicas independientes la una de la otra, pero que sean dos naciones, o dos “patrias”, tan claramente diferenciadas como China y Japón, o Alemania y Francia, seguramente sea discutible.

El autor ejemplifica esta unidad cultural con la inmigración, que refuerza una identidad colectiva. En EE. UU. alguien pasa de ser colombiano, salvadoreño o argentino a ser simplemente “latino”. Esa sensación de pertenecer a una cultura común se evidencia al salir de la región. En este aspecto Caparrós da gran importancia a Miami, que la considera ñamericana, y aparece como una capital simbólica o cultural de la comunidad hispánica, el lugar donde se realiza esta identidad compartida.

(Si se nos permite el aparte, el objetivo político de Madrid, o su “empresa ilusionante” por decirlo orteguianamente, tendría que ser sustituir a esta ciudad estadounidense como capital simbólica de Ñamérica).

 

El libro no es particularmente negrolegendario, de hecho España aparece poco, pero Caparrós no ve con entusiasmo el legado político de la madre patria en la región. Desde las encomiendas coloniales hasta la actual distribución de contratos y licencias, la riqueza siempre ha sido concedida desde el poder. Desde el origen, el control político determinó el destino de los recursos (minas, plantaciones, etc) que se exportaban a la metrópoli. Esa lógica persiste: hoy el acceso a bienes como el petróleo, la soja o la minería sigue dependiendo tanto del poder político como del económico, perpetuando una desigualdad estructural casi inamovible. El comercio con potencias extranjeras reduce el incentivo de las élites a fomentar un consumo interno o a crear clases medias. Encerradas en barrios blindados y clubes exclusivos, parecen indiferentes a la pobreza que se extiende más allá de sus alambradas ahuyenta chusma.

En este sistema, claro, la corrupción es casi lógica: un sistema en el que enriquecerse depende de controlar el poder político explica fenómenos como la persistencia de redes clientelares, el patrimonialismo y la captura del Estado por élites económicas.

 

Esta infraestructura económica determina que la forma del Estado ñamericano sea particular. Caparrós lo llama “Estado Contenedor”: los Estados de la región no son impulsores de proyectos colectivos, sino administradores de problemas sociales. En lugar de transformar desigualdades, violencias o precariedades, los Estados las encapsulan y las soportan. Su legitimidad no proviene de ofrecer soluciones estructurales, sino de evitar que el conflicto social se desborde. Más que motor de desarrollo, el Estado funciona como una tapa de olla a presión: no resuelve problemas, solo contiene a las masas pauperizadas. Con gobiernos izquierdistas lo hace mediante el asistencialismo y, sobre todo, construyendo relatos que glorifican la pobreza, que dan sentido lírico a la escasez material. Venezuela y Cuba tributan aquí, para Caparrós, como buenos ejemplos de Estados Contenedores que convencen a sus pobres de que su pobreza es heroica y de que sería una mezquindad aspirar a una mayor prosperidad económica.

(Uno no puede dejar de preguntarse si los Estados europeos no han entrado también en fase de “Estado Contenedor”.)

 

Cuando llegamos al final de Ñamérica, estamos exhaustos de un viaje tan largo, en el que conocimos a tantas personas inolvidables y vimos tantos paisajes sublimes, que ya no nos importa que el capítulo casi final —“Un mundo porvenir (un panfletito)”, la propuesta política del autor— sea una sucesión de lugares comunes sin nutriente intelectual. Tampoco nos quedan energías para el anexo sobre el Covid. Pero nos sentimos más que satisfechos con todo lo que aprendimos en los kilómetros previos.

También nos quedamos con el nombre de Ñamérica, que, a partir de ahora, será nuestra manera de referirnos a una porción del mundo en la que vivimos muchos años y en la que fuimos muy felices.

 

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