Antes de la aparición de internet Martín Caparrós habría sido el
cronista más importante del momento. Sus artículos en El País se leerían como
hitos culturales de la semana, y pasearse con sus libros bajo el brazo sería
una nota de buen gusto entre la intelectualidad hispánica. Pero internet es un
infinito salvaje de propuestas similares —la mayoría peores, pero también
algunas mejores—, y tantos bits de información hacen difícil que alguien tan
predigital, que da la sensación de que todavía teclea una Olivetti en alguna
pensión crujiente mientras fuma Ducados, pueda ya ser un referente inapelable
en esto del periodismo narrativo bien hecho.
Por otro lado, quizá su principal atractivo es que parece desconocer cómo se hacen hoy las cosas en su género. Ñamérica, el libro que nos ocupa, son seiscientas setenta y tres páginas de puro texto; sin fotografías, sin enlaces a YouTube, sin DVD anexos ni, mucho menos, códigos QR para descargar material adicional. Magnífica prosa de la vieja escuela sin aditivos.
El libro es la crónica de treinta años
de viaje por la América que habla español, esa “Ñamérica” del título que es un
término que se ha inventado el autor y que aglutina unos veinte países con más
de 400 millones de personas. Caparrós habla con mucha gente y nos cuenta sus
anhelos y miedos. También visita muchas ciudades y describe las impresiones que
le dejan. Ocho capítulos están dedicados a unas ciudades en concreto (México,
El Alto, Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos Aires, Miami y Managua), y entre
cada uno de ellos intercala pequeños ensayos en los que se habla de cuestiones
políticas, religiosas y culturales del continente. Hay unidad temática: todos
los capítulos se relacionan entre sí, ilustran alguna cuestión claramente
planteada, y el lector termina el libro sabiendo un poco más sobre Ñamérica que
cuando lo empezó.
Caparrós es periodista y no sociólogo,
y mucho menos es un “intelectual comprometido”. Pero no se limita a
retransmitir lo que ve: se nota que ha leído bastante de historia política y
económica del continente. Solo que, en lugar de epatar exhibiendo conocimientos,
desliza argumentos muy fundados como quien no quiere la cosa, sin darse
importancia, a veces entre chascarrillos, para que no parezca que estamos ante
un autor resabiado y un texto plúmbeo.
Al poco de empezar el libro se refiere
a Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y cuenta que
lo ha releído antes de comenzar, por si acaso escribir otro libro sobre la
región resultara redundante frente a este famosísimo libro rojo del canon
progre. Sin embargo, lo desmitifica, como hará con todos los mitos telúricos y
políticos que confunden al continente. Acusa a Galeano de construir una fábula
absurda, según la cual habría existido una América precolombina auténtica, pura
y angelical, y el destino de la acción política actual tendría que ser volver a
ese Edén arrebatado, en el que aparentemente no había sacrificios humanos ni
opresión imperial. Caparrós también recuerda que el libro de Galeano es de
1971, que ha llovido mucho desde entonces, y que hoy Ñamérica es
mayoritariamente urbana, la emigración se ha generalizado y la sociedad de
entonces ya no es la de ahora. Las venas abiertas ya no sirve, si alguna
vez lo hizo, para entender el continente (en honor al propio Galeano, por
cierto, hay que decir que en el año 2014, poco antes de partir al barrio de los
acostados, él mismo renegó de este libro suyo sacralizado).
Hemos dicho que Ñamérica tiene
mucho de artefacto desmitificador en una tierra muy dada a ahogarse en sus
propios mitos —Colombia, por cierto, produce muchos mitos sobre la región,
desde el continente mágico hasta el narco y el reguetón, alimentando clichés
que se exportan al mundo—. Este es un libro escrito para hablantes del español
americano que, entre líneas, susurra a sus lectores que no se crean lo que los
rubios que habitan al norte del Río Bravo dicen de ellos, pero tampoco lo que
ellos mismos dicen sobre sí mismos. Por ejemplo, históricamente Ñamérica ha
sido menos violenta que Europa, solo que aquí su violencia es privada, asociada
al narcotráfico y la criminalidad, pero lejos de las masacres genocidas de las
guerras mundiales y los totalitarismos.
También insiste, y lo hará
constantemente, en que lo de los indígenas como puros, y que todo lo que vino
después fue ruina de esa pureza, es una fábula tóxica. No hay nada honorable en
querer mantener fijadas en el pasado lo que queda de culturas indígenas. Más
bien Caparrós subraya que América Latina es una de las zonas más mezcladas del
mundo, producto de cinco grandes olas migratorias: los pueblos originarios, los
conquistadores españoles, los esclavos africanos, los inmigrantes europeos del
siglo XIX–XX y las recientes migraciones que ahora crean una diáspora salida de
la región. Esa mezcla, dice, es lo que hace a Ñamérica particularmente
interesante; de haber una identidad nacional, esta es felizmente impura y hay
que reivindicarla como tal.
Tampoco parece que el autor, que por
si a alguien le preocupa es argentino, tenga gran simpatía por las diversas
“patrias” dentro del continente, que le parecen más bien pastiches construidos
por oligarcas. Lo que sí hay es una comunidad cultural que atraviesa fronteras,
un idioma que une a millones de personas. Podríamos matizar que lo que existen son repúblicas, algunas altamente funcionales, pero no
divisiones nacionales como pudiera haber en Asia o Europa. Venezuela y Colombia
son claramente dos repúblicas independientes la una de la otra, pero que sean
dos naciones, o dos “patrias”, tan claramente diferenciadas como China y Japón,
o Alemania y Francia, seguramente sea discutible.
El autor ejemplifica esta unidad
cultural con la inmigración, que refuerza una identidad colectiva. En EE. UU.
alguien pasa de ser colombiano, salvadoreño o argentino a ser simplemente
“latino”. Esa sensación de pertenecer a una cultura común se evidencia al salir
de la región. En este aspecto Caparrós da gran importancia a Miami, que la
considera ñamericana, y aparece como una capital simbólica o cultural de la
comunidad hispánica, el lugar donde se realiza esta identidad compartida.
(Si se nos permite el aparte, el
objetivo político de Madrid, o su “empresa ilusionante” por decirlo
orteguianamente, tendría que ser sustituir a esta ciudad estadounidense como
capital simbólica de Ñamérica).
El libro no es particularmente negrolegendario,
de hecho España aparece poco, pero Caparrós no ve con entusiasmo el legado
político de la madre patria en la región. Desde las encomiendas coloniales
hasta la actual distribución de contratos y licencias, la riqueza siempre ha
sido concedida desde el poder. Desde el origen, el control político determinó
el destino de los recursos (minas, plantaciones, etc) que se exportaban a la
metrópoli. Esa lógica persiste: hoy el acceso a bienes como el petróleo, la
soja o la minería sigue dependiendo tanto del poder político como del
económico, perpetuando una desigualdad estructural casi inamovible. El comercio
con potencias extranjeras reduce el incentivo de las élites a fomentar un
consumo interno o a crear clases medias. Encerradas en barrios blindados y
clubes exclusivos, parecen indiferentes a la pobreza que se extiende más allá
de sus alambradas ahuyenta chusma.
En este sistema, claro, la corrupción
es casi lógica: un sistema en el que enriquecerse depende de controlar el poder
político explica fenómenos como la persistencia de redes clientelares, el
patrimonialismo y la captura del Estado por élites económicas.
Esta infraestructura económica
determina que la forma del Estado ñamericano sea particular. Caparrós lo llama
“Estado Contenedor”: los Estados de la región no son impulsores de proyectos
colectivos, sino administradores de problemas sociales. En lugar de transformar
desigualdades, violencias o precariedades, los Estados las encapsulan y las
soportan. Su legitimidad no proviene de ofrecer soluciones estructurales, sino
de evitar que el conflicto social se desborde. Más que motor de desarrollo, el
Estado funciona como una tapa de olla a presión: no resuelve problemas, solo
contiene a las masas pauperizadas. Con gobiernos izquierdistas lo hace mediante
el asistencialismo y, sobre todo, construyendo relatos que glorifican la
pobreza, que dan sentido lírico a la escasez material. Venezuela y Cuba
tributan aquí, para Caparrós, como buenos ejemplos de Estados Contenedores que
convencen a sus pobres de que su pobreza es heroica y de que sería una
mezquindad aspirar a una mayor prosperidad económica.
(Uno no puede dejar de preguntarse si
los Estados europeos no han entrado también en fase de “Estado Contenedor”.)
Cuando llegamos al final de Ñamérica,
estamos exhaustos de un viaje tan largo, en el que conocimos a tantas personas
inolvidables y vimos tantos paisajes sublimes, que ya no nos importa que el
capítulo casi final —“Un mundo porvenir (un panfletito)”, la propuesta política
del autor— sea una sucesión de lugares comunes sin nutriente intelectual.
Tampoco nos quedan energías para el anexo sobre el Covid. Pero nos sentimos más
que satisfechos con todo lo que aprendimos en los kilómetros previos.
También nos quedamos con el nombre de
Ñamérica, que, a partir de ahora, será nuestra manera de referirnos a una
porción del mundo en la que vivimos muchos años y en la que fuimos muy felices.
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