Eric Voegelin (1901-1985) fue un filósofo católico alemán de origen judío que dejó una extensa y valiosa obra escrita; lamentablemente es poco conocido tanto en el mundo académico como entre los lectores más generalistas. Fernando Vallespín, sin embargo, en el quinto volumen de su magnífica Historia de la Teoría Política, afirma que Eric Voegelin, Leo Strauss y Hannah Arendt son el trío de filósofos políticos más significativos del siglo XX, al menos dentro de la categoría que él llama el “normativismo ontológico”, es decir, pensadores que no plantean un mero análisis empirista o dialéctico de la política, sino que proponen una teoría fuerte -o también llamada “teoría épica”- dotada de una sólida base ontológica que recupera además la filosofía política clásica. Esta categorización nos parece acertada. En el caso de Voegelin la base ontológica no podría ser más sólida: Dios, toda su teoría política orbita en torno a Él; y el alegato en favor de volver a Platón y Aristóteles es constante y atraviesa toda su obra. De hecho dirá que a partir de Maquiavelo la ciencia
política se echa a perder.Voegelin nació en Alemania, pero se
formó en Austria. Muy pronto demostró su inconformidad con el ambiente cultural
vienés. Incluso se enfrentó con su director de tesis, Hans Kelsen, de cuya Teoría
pura del Derecho decía que era un perfecto artefacto lógico, pero
totalmente desvinculado de los problemas de la existencia real. Kelsen,
obviamente, no vio bien la insubordinación de su alumno y tuvieron una ruptura
muy agria. En general el retablo filosófico germánico de su tiempo no parecía
estimular mucho a Voegelin. Además, veía
con frustración cómo en aquel cosmos intelectual se estaba fraguando, o cuanto
menos tolerando, el nacimiento de un nuevo y abyecto culto pagano. En la
Universidad de Viena descubrió la tradición inglesa del empirismo, que le
sedujo. De joven fue un tiempo a EEUU con una beca Rockefeller, donde su
“anglosajonización” se acentuó; en 1938 tuvo que volver a este país ya como
exiliado huyendo de un nacionalsocialismo que había denunciado desde sus
inicios. La mayor parte de su vida académica transcurrió en la Universidad
Estatal de Luisiana. Casi toda su obra está escrita en inglés. Salvo un
decepcionante regreso a Alemania en los años sesenta, se quedó en Norteamérica
hasta el final de sus días. No parece que albergara más que gratitud y lealtad
al país que le había acogido.
Voegelin no ha tenido mucha fortuna con
sus traducciones al español, ya que a pesar de que su The Collected Work of
Eric Voegelin se compone de treinta y cuatro volúmenes, apenas circulan
libros suyos en nuestro idioma. Entre
los que sí tenemos traducidos están dos de suma importancia, Las religiones
políticas (1938) y La nueva ciencia de la política (1952), que han
aparecido en los últimos años, en Trotta y en Katz Editores respectivamente
(hay, que sepamos, dos más: una antología Política, Historia y Conciencia
y Hitler y los alemanes).
El primer libro, Las religiones
políticas, está publicado por Trotta en Madrid en el año 2014. En él
encontramos el texto que da título a la obra, que es de 1938, pero también
“Ciencia, política y gnosticismo”, que es una conferencia de 1959, y “El
sucedáneo de la religión”, un ensayo de 1960. O sea, que tenemos tres textos
que tratan de un mismo tema pero con grandes distancias entre sus momentos de
redacción en al menos dos de ellos.
El segundo, La nueva ciencia de la
política se compone de la ampliación de seis disertaciones que Voegelin dio
en 1951 por petición de la Fundación Charles R. Walgreen en la Universidad de
Chicago. Como las preparó ex profeso, no es aventurado suponer que su redacción
fue en la época. Dos de ellas tratan
directamente sobre el gnosticismo, pero éste está más o menos presente en las
seis disertaciones.
Por cuestiones de espacio vamos a
centrarnos en el primer libro, Las religiones políticas.
Guillermo Graíño y José María
Carabante, en su ilustrativo prólogo, afirman que Voegelin en sus últimos años
dejará de hablar de gnosticismo y preferirá referirse a “patologías
espirituales” o “pneumopatologías”, pero esa última etapa nos desborda y aquí
vamos a seguir el hilo que va del texto de 1938 en el que habla de “religiones
políticas” a los textos de 1959 y 1960 en los que prefiere el término
“gnosticismo”.
El tema de los tres textos es el mismo
a pesar de la diferencia temporal en los que fueron escritos. Los tres son una
crítica a los movimientos políticos que usurpan las esferas de lo religioso y
se convierten así en su sustituto. La Modernidad es una desacralización del
mundo, como bien vio Max Weber. Voegelin, admirador suyo, va un paso más
adelante y como testigo de las tragedias totalitarias del siglo XX considera
que es imperativo preguntarse si la Modernidad ha sido realmente un proceso de
secularización, o se ha limitado a reemplazar lo Trascendente por soteriologías
mundanas. Opta por esto último: La Modernidad ha buscado “inmanentizar el escathon”[8]
– ésta es una frase potente, casi eslogan, de las muchas que nos regala
Voegelin- o sea, en llevar lo sacro a la mundanidad. Ha movido lo divino de
lugar, pero no ha acabado con ello. Aquí nos parece pertinente citar a Rafael
Sánchez Ferlosio y su libro Mientras no cambien los
dioses nada habrá cambiado [9]
donde hace un análisis similar a Voegelin, con la diferencia de que donde el
alemán pide un regreso al orden ateniense/cristiano, el español pide llevar la
secularización hasta las últimas consecuencias y barrer a los dioses inmanentes
del Estado, el Progreso, la Ciencia, el Capitalismo, la Patria, etc., e ir
hacia un destino ignoto. Huelga decir que Voegelin es más prudente; su
propuesta nos consta que funcionó en el pasado. Sánchez Ferlosio, eso sí, es
coherente y pone a la Modernidad ante el espejo de su hipócrita arrogancia. De
nada sirve proclamarse racionalista cuando se ensalza a un líder político como
a un mesías, se entra en fervor místico ante una bandera, o se acoge a una
ideología como un nuevo texto sagrado. Ser ateo consecuente tendría que ser
renunciar a todos los colectivismos redentores.
Hemos dicho que en 1938 Voegelin habla
de “religiones políticas”. Entonces lo que tiene en mente es sobre todo el
nacionalsocialismo.
Voegelin no es el primero en hablar de
la suplantación de la religión por parte de la política. Hay infinidad de
autores que lo han hecho desde Donoso Cortés en adelante y la teología política
es prácticamente una disciplina dentro de la ciencia política. Pero su crítica
de las religiones políticas tiene algo de original, por su vinculación
específica con el gnosticismo[10],
más que con un cristianismo secularizado, como se había hecho hasta
entonces. En “Ciencia, política y
gnosticismo” y “El sucedáneo de la religión” habla ya más de gnosticismo que de
religiones políticas, lo que no quiere decir que haya una ruptura clara y que
deje de usar ambos términos. No hay una sustitución de un término por otro,
solo prevalencia de uno sobre otro en distintas épocas.
No negamos que hay algo de
arbitrariedad en el uso que hace Voegelin del término “gnosticismo”, pero nos
parece más apropiado que hablar de “religiones”, pues la vida ultraterrena no
parece tener espacio aquí y además es asumir lo que el propio Voegelin ejemplificaba
como “símbolo del lenguaje” de la Modernidad, una de esas creencias
inconscientes que desvela el uso del lenguaje. En este caso, que la esfera
religiosa y política son diferentes, y tienen que ser diferentes. Es una
premisa muy moderna que se asume pretendiendo ser antimoderno. William Cavanaugh lo explica muy bien[11]:
“religión” es un término que empieza a tener circulación en el siglo XIX, antes
era el magma en el que vivían las personas, como el oxígeno que respiraban, y
no era un término separado de la vida cotidiana. Hablar de “religiones
políticas” para un medieval sería una redundancia. Además implica una
denigración de la dimensión religiosa, y al romper con la trascendencia no se
puede hablar de religión.
Nosotros creemos que es mejor hablar de
gnosticismo: un culto críptico, sin logos, hostil al mundo y que exige
adscripciones ciegas.
Voegelin atribuye el fenómeno de la
“desdivinación” del mundo moderno a la herejía gnóstica, que con su expansión
cultural y social favoreció que la esperanza ultraterrena propia de las
sociedades premodernas se trasladara a un plano inmanente. La Modernidad sería
la victoria postergada de los gnósticos[12].
Hay que matizar que por supuesto una
cosa es el gnosticismo histórico, que es importante para Voegelin, y otra cosa
es lo que entiende él por gnosticismo político, que no necesariamente tiene
rigor histórico. El conocimiento de Voegelin del gnosticismo histórico no era
muy profundo. Su visión del tema está influida por las investigaciones de Hans
Jonas y Hans Urs von Balthasar. Lo que
en el texto de 1938 aparece tangencialmente, el gnosticismo, tras la lectura de
estos autores se convierte en central.
El gnosticismo histórico es ese ámbito
de espiritualismos dados desde la llegada de Alejandro Magno a Oriente, con la
respectiva orientalización del helenismo, hasta la Edad Media, ya con herejías
gnósticas dentro del cristianismo. Son cultos minoritarios, elitistas, en los
que prima un dualismo absoluto, un rechazo de este mundo y del cuerpo, y donde
el conocimiento individual de verdades ocultas es la vía de salvación. Peter
Brown llama al gnosticismo de los años finales del Imperio Romano un
“platonismo negro”[13].
Son gnósticos, por ejemplo, Simón el
Mago, Marción, Hermes Trismegisto o Valentín.
Uno de los libros que Voegelin conocía,
hemos dicho, es el de Hans Jonas, La religión gnóstica. El mensaje del
Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Aquí Jonas analiza, con una gran erudición las creencias
gnósticas, sus orígenes históricos y su impacto en el pensamiento religioso y
filosófico, especialmente en relación con el helenismo y el cristianismo
primitivo. El epílogo del libro, de apenas veinte páginas, se titula
“Gnosticismo, existencialismo y nihilismo”. Realmente lo que explicita en este epílogo
ya estaba implícito en todo el desarrollo previo del libro. Jonas, tras haber
hecho un impecable análisis del fenómeno histórico, concluye que el que el
gnosticismo ha sobrevivido de alguna manera en el nihilismo moderno. Ese
desprecio a la realidad, a la naturaleza y al hombre, y ese apostar la
salvación a logomaquias de moda sólo aptas para pequeños grupos de iniciados
recuerda demasiado a la filosofía contemporánea hegemónica.
Pascal, con su dios transmundano, y
Nietzsche, con su voluntad, aparecen como epígonos del gnosticismo. El
pesimismo que suspira por mundos que no están en este mundo le parece a Jonas,
en general, muy gnóstico. Pero sobre todo es Heidegger [14]
el que se le antoja como una especie de Hermes Trismegisto en tiroleses: eso de
estar arrojado al mundo es literalmente una frase gnóstica. Además, le ubica en
el existencialismo, muy en boga todavía en los años cincuenta y muy a pesar de
que el autor de Ser y tiempo repudiara la etiqueta; esta corriente
filosófica sería para Jonas una filosofía claramente neo- gnóstica.
Voegelin sigue este patrón de buscar
presencias gnósticas en las configuraciones del mundo actual. En lugar de
Heidegger acusa a Hegel[15],
por ejemplo, pero la concepción es la misma que Jonas. Uno ve el gnosticismo
más en la filosofía, otro más en la política.
Voegelin es acusado de “inventarse” una
nueva definición ahistórica de gnosticismo. Pero él no pretende reducir el
gnosticismo político al histórico, al que realmente existió. De hecho, casi no
hace referencias al mismo y no parece estar particularmente interesado en él.
Él llama gnosticismo a la filosofía hegeliana, al positivismo, al marxismo, o
al fascismo. Entiende como tal, pues, una especie de religión fallida, o un
culto secular, que privilegia ciertas creencias irracionales en conceptos que
no tienen raigambre necesariamente en la realidad[16].
Para Voegelin el gnosticismo sería
también una suerte de fuerza espiritual o política, mientras que para un
historiador de las religiones sería un fenómeno determinado que sucedió en un
espacio geográfico y temporal concreto.
La polémica recuerda a la que hubo en
torno al Barroco y que entretuvo a Eugenio d´Ors y J.A. Maravall. Para el
primero, filósofo, Barroco es un “eon”, una fuerza espiritual, una voluntad que
lucha por imponerse a través de la historia. Estaríamos entonces ante un estilo
-en el sentido más amplio del término- que en parte seguiría vigente hoy. Para
Maravall, historiador, en cambio, Barroco es el imaginario de un periodo
histórico determinado y centrado en los países contra-reformistas[17].
Aquí nosotros también entendemos el
gnosticismo como un “eon”. Y por supuesto aceptamos que el rigor científico no
está de nuestro lado, pero como recurso literario, si se quiere, nos vale. Así
la ideología de género o lo woke, por ejemplo, sería la expresión actual
del “eon” gnóstico.
A este respecto Álvaro Roca tiene una
tesis doctoral, ‘La Gnosis Antigua y las teorías Gender: Análisis crítico de la
coincidencia y relación de sus antropologías desde la noción de persona de la
tradición cristiana’, en la que hace una interpretación voegeliana de la
teoría queer.
También es recomendable La extraña muerte del marxismo[18]
de Paul Edward Gottfried, cuyo último capítulo, “La izquierda postmarxista como
religión política”, usa a Voegelin como referente. Gottfried ve en este caso a
Jürgen Habermas, y en general a toda la Escuela de Frankfurt, como encarnación
del gnosticismo político. Afirma que esa superioridad moral en la que una
minoría intelectual se arroga el mandato de liberar a la sociedad de sus
prejuicios y convicciones religiosas, para convertirlos en perfectos ciudadanos
progresistas y cosmopolitas, tiene algo de maniqueísmo, maniqueísmo del iranio
Mani, trasladado al siglo XX.
Hay una constante en toda la obra de
Voegelin: el rechazo a los conceptos que van por delante de la realidad[19].
O sea, un rechazo de las ideologías: todas ellas. Al principio de su vida se
opone a algunas en concreto, pero al final acabará diciendo que todo filtro
ideológico es siempre una perversión de la realidad.
Evidentemente, Voegelin será toda su
vida antihegeliano; cree que la filosofía sólo puede conceptualizar lo que ya
existe, no puede inventarse lo que llamará -siguiendo a Robert Musil en El
hombre sin atributos[20]- una “Segunda
Realidad”, que no es más que ideología en su peor sentido posible. La filosofía
no puede y no debe ir nunca por delante de la “Primera Realidad”, porque además
ésta es tozuda y acaba vengándose: de esto dan razón los fracasos de todos los regímenes
con una fuerte carga ideológica [21].
El triunfo de comunismos y fascismos,
también la prevalencia de los idealismos y positivismos en la academia,
convencieron a Voegelin de que lo que llamó “desdivinizacion” de la vida humana
por parte de la Modernidad había llevado a una “redivinación” secular e
inmanente, que sin embargo era ciega a la condición humana, la real, de la
“Primera Realidad” que se mueve en la “metaxia”, una doble dimensión del
alma humana entre espiritual y mundana, entre el orden y el caos[22].
Las nuevas religiones laicas dan sentido a la vida, pero no a la muerte. El
alma humana existe abierta a la trascendencia, al negar esto, las nuevas
religiones lo que hacen es aplastarla. O dicho más frívolamente: el ser humano
es religioso por naturaleza, si le privas de esa faceta, se vuelve loco, no lo
aguanta y busca cultos de sustitución[23].
Aparece entonces el gnosticismo: una
“Segunda Realidad” que se construye contra la primera. La cuestión política se torna complicada
entonces: es difícil encontrar puntos de acuerdo entre dos personas que se
mueven en distintas realidades. La solución que aporta Voegelin en 1938 es el
resurgir religioso[24].
Ya sea dentro de las iglesias históricas o con nuevos y foráneos liderazgos,
hay que recuperar un sentido religioso que esté conforme con el orden del ser.
El gnosticismo político se vence con verdadera religión, cuando esta es
hegemónica, aquél no tiene espacio (el gnosticismo perdió peso en el imperio
Romano Germánico, por ejemplo, en el que la Iglesia y el Imperio mantuvieron un
equilibrio).
Vamos a concluir tratando de resumir lo
que es el gnosticismo político según Voegelin. De hecho él lo hace en las
últimas páginas del libro[25];
enumera seis características:
1)
El
gnóstico se encuentra insatisfecho con su situación. No le gusta su puesto en
la realidad. Se siente arrojado a un mundo que le desmerece.
2)
Considera
que el mundo está mal organizado. Se niega a reconocer que él puede no ser
bueno, o que la humanidad puede no ser perfecta. Si la situación no es la ideal, es debido a
la maldad del mundo, nunca a la de los hombres.
3)
Creencia
de que es posible la salvación del mal en este mundo; la autosalvación
meramente humana.
4)
Le
sigue la creencia de que el orden del ser tiene que transformarse en un proceso
histórico concreto; el medio para hacerlo es la política, que es salvífica
porque contribuye a la causa.
5)
El
quinto es el rasgo gnóstico más estricto: la creencia de que la acción humana
puede modificar el orden del ser, y que este esfuerzo ya es en sí mismo
redentor. Al estar en el grupo de los justos, todas las acciones son
intrínsecamente buenas; y cuando son obscenamente malas, hay que juzgarlas por
su noble intención original, no por sus consecuencias.
6)
El
conocimiento -la gnosis- es el método para transformar el orden del ser. Por el
llegamos a la autosalvación del ser humano.
Hay un punto que Voegelin toca pero no
profundiza, y es el rechazo al cuerpo. George Leon Kabarity, de la Universidad
de Sevilla, tiene un magnífico Trabajo de Fin de Máster que se puede consultar
en PDF llamado La religión política en Voegelin, donde desarrolla, desde
el filósofo alemán, el rechazo al cuerpo y a la naturaleza humana en general,
como característica del gnosticismo político. También lo hace Álvaro Roca en la
tesis que hemos mencionado. Obviamente Voegelin escribió cuando estos temas no
estaban en el debate público. Pero pensar que el cuerpo es una jaula en la que
has podido nacer con un sexo equivocado, por ejemplo, es un dualismo gnóstico
de manual.
El transhumanismo también es un
gnosticismo político. En Velocidad de Escape de Mark Dery desarrolla la
idea de “tecno-gnosis”, y repasa la obra intelectual y artística, en este caso
militante y consciente, de pensadores y activistas ciberpunks que se consideran
a sí mismos gnósticos.
Si se nos permite un apunte crítico por
nuestra parte, otra cosa que Voegelin no trata y que sí está en el libro de
Hans Jonas es la figura de los arcontes[26].
Estos son unos demonios de la cosmogonía que son muy malos porque impiden o
retrasan la autosalvación humana. Es muy de nuestro tiempo gnóstico esto de
creer que para todo hay culpables, y que si no hubiera determinadas personas o
estructuras, intrínsicamente perversas, viviríamos en una Era de Acuario
permanente.
[1] Pág. 458 en la edición de 1977 del Instituto de Cultura Colombiana.
[2] Gómez Dávila, Nicolás. Textos I. Villegas editores, 2002, Bogotá, p. 63.
[3] Abad Torres, Alfredo Andrés. “Nicolás Gómez Dávila y las raíces gnósticas de la modernidad”. Ideas y Valores, 59/142 (2010) 131-140.
[4] Abad Torres, Alfredo Andrés. (2010). Ibidem, p.193.
[5] Abad Torres, Alfredo Andrés. (2010). Ibidem, p.191.
[6] Ambos textos están traducidos en un solo volumen: VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas. Trotta, 2022, Madrid.
[7] SERRANO
RUÍZ-CALDERÓN, José Manuel. “Gnosticismo y religión democrática en la obra de
Nicolás Gómez Dávila”. Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado. 29
(2013), 365-392.
[8] VOEGELIN, Eric. La nueva ciencia de la política. Katz, 2006, Buenos Aires. Pág. 160.
[9] SANCHEZ FERLOSIO, Rafael. Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado. Destino, 2002, Barcelona.
[10] VOEGELIN, ERIC. Las religiones democráticas, pp. 79 y ss.
[11] CAVANAUGH, WILLIAM T. Imaginación teo-política. Editorial Nuevo Inicio, 2007, Granada, pp. 44 y ss.
[13] BROWN, Peter. El mundo de la
Antigüedad tardía. Taurus, 2021, Madrid.
[14] JONAS, Hans. La religión gnóstica: El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Siruela, 2003, Madrid, pp. 348-355
[15] VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas, p 83.
[17] VALVERDE, José María. “El barroco: una visión de conjunto” en Obras Completas IV. Trotta, 2000, Madrid.
[18] GOTTFRIED, Paul Edward. La extraña muerte del marxismo. Ciudadela Libros, 2007, Madrid.
[19] “Presentación”, de Guillermo Graíño y José María Carabante en VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas, p.10.
[21] CARABANTE MUNTADA, J.M. “Experiencia religiosa y orden político. La propuesta de Eric Voegelin”. Analysis: claves de pensamiento contemporáneo, 30/30 (2021)107-114.
[22] CARABANTE MUNTADA, J.M. Ibidem, p. 110.
[23] VOEGELIN, Eric. Hitler y los alemanes. Trotta, 2024, Madrid, p. 225.
[25] VOEGELIN, Eric. Las religiones
democráticas, pp. 127 y ss.
[26] JONAS, Hans. La religión
gnóstica: El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Siruela,
2003, Madrid, p. 77 y ss.

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