4.4.26

Las religiones políticas, de Eric Voegelin


Eric Voegelin (1901-1985) fue un filósofo católico alemán de origen judío que dejó una extensa y valiosa obra escrita; lamentablemente es poco conocido tanto en el mundo académico como entre los lectores más generalistas. Fernando Vallespín, sin embargo, en el quinto volumen de su magnífica Historia de la Teoría Política, afirma que Eric Voegelin, Leo Strauss y Hannah Arendt son el trío de filósofos políticos más significativos del siglo XX, al menos dentro de la categoría que él llama el “normativismo ontológico”, es decir, pensadores que no plantean un mero análisis empirista o dialéctico de la política, sino que proponen una teoría fuerte -o también llamada “teoría épica”- dotada de una sólida base ontológica que recupera además la filosofía política clásica. Esta categorización nos parece acertada. En el caso de Voegelin la base ontológica no podría ser más sólida: Dios, toda su teoría política orbita en torno a Él; y el alegato en favor de volver a Platón y Aristóteles es constante y atraviesa toda su obra. De hecho dirá que a partir de Maquiavelo la ciencia

política se echa a perder. 

Voegelin nació en Alemania, pero se formó en Austria. Muy pronto demostró su inconformidad con el ambiente cultural vienés. Incluso se enfrentó con su director de tesis, Hans Kelsen, de cuya Teoría pura del Derecho decía que era un perfecto artefacto lógico, pero totalmente desvinculado de los problemas de la existencia real. Kelsen, obviamente, no vio bien la insubordinación de su alumno y tuvieron una ruptura muy agria. En general el retablo filosófico germánico de su tiempo no parecía estimular mucho a Voegelin.  Además, veía con frustración cómo en aquel cosmos intelectual se estaba fraguando, o cuanto menos tolerando, el nacimiento de un nuevo y abyecto culto pagano. En la Universidad de Viena descubrió la tradición inglesa del empirismo, que le sedujo. De joven fue un tiempo a EEUU con una beca Rockefeller, donde su “anglosajonización” se acentuó; en 1938 tuvo que volver a este país ya como exiliado huyendo de un nacionalsocialismo que había denunciado desde sus inicios. La mayor parte de su vida académica transcurrió en la Universidad Estatal de Luisiana. Casi toda su obra está escrita en inglés. Salvo un decepcionante regreso a Alemania en los años sesenta, se quedó en Norteamérica hasta el final de sus días. No parece que albergara más que gratitud y lealtad al país que le había acogido.

Voegelin no ha tenido mucha fortuna con sus traducciones al español, ya que a pesar de que su The Collected Work of Eric Voegelin se compone de treinta y cuatro volúmenes, apenas circulan libros suyos en nuestro idioma. Entre los que sí tenemos traducidos están dos de suma importancia, Las religiones políticas (1938) y La nueva ciencia de la política (1952), que han aparecido en los últimos años, en Trotta y en Katz Editores respectivamente (hay, que sepamos, dos más: una antología Política, Historia y Conciencia y Hitler y los alemanes).

El primer libro, Las religiones políticas, está publicado por Trotta en Madrid en el año 2014. En él encontramos el texto que da título a la obra, que es de 1938, pero también “Ciencia, política y gnosticismo”, que es una conferencia de 1959, y “El sucedáneo de la religión”, un ensayo de 1960. O sea, que tenemos tres textos que tratan de un mismo tema pero con grandes distancias entre sus momentos de redacción en al menos dos de ellos.

El segundo, La nueva ciencia de la política se compone de la ampliación de seis disertaciones que Voegelin dio en 1951 por petición de la Fundación Charles R. Walgreen en la Universidad de Chicago. Como las preparó ex profeso, no es aventurado suponer que su redacción fue en la época.  Dos de ellas tratan directamente sobre el gnosticismo, pero éste está más o menos presente en las seis disertaciones.

Por cuestiones de espacio vamos a centrarnos en el primer libro, Las religiones políticas.

Guillermo Graíño y José María Carabante, en su ilustrativo prólogo, afirman que Voegelin en sus últimos años dejará de hablar de gnosticismo y preferirá referirse a “patologías espirituales” o “pneumopatologías”, pero esa última etapa nos desborda y aquí vamos a seguir el hilo que va del texto de 1938 en el que habla de “religiones políticas” a los textos de 1959 y 1960 en los que prefiere el término “gnosticismo”.

El tema de los tres textos es el mismo a pesar de la diferencia temporal en los que fueron escritos. Los tres son una crítica a los movimientos políticos que usurpan las esferas de lo religioso y se convierten así en su sustituto. La Modernidad es una desacralización del mundo, como bien vio Max Weber. Voegelin, admirador suyo, va un paso más adelante y como testigo de las tragedias totalitarias del siglo XX considera que es imperativo preguntarse si la Modernidad ha sido realmente un proceso de secularización, o se ha limitado a reemplazar lo Trascendente por soteriologías mundanas. Opta por esto último: La Modernidad ha buscado “inmanentizar el escathon[8] – ésta es una frase potente, casi eslogan, de las muchas que nos regala Voegelin- o sea, en llevar lo sacro a la mundanidad. Ha movido lo divino de lugar, pero no ha acabado con ello. Aquí nos parece pertinente citar a Rafael Sánchez Ferlosio y su libro Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado [9] donde hace un análisis similar a Voegelin, con la diferencia de que donde el alemán pide un regreso al orden ateniense/cristiano, el español pide llevar la secularización hasta las últimas consecuencias y barrer a los dioses inmanentes del Estado, el Progreso, la Ciencia, el Capitalismo, la Patria, etc., e ir hacia un destino ignoto. Huelga decir que Voegelin es más prudente; su propuesta nos consta que funcionó en el pasado. Sánchez Ferlosio, eso sí, es coherente y pone a la Modernidad ante el espejo de su hipócrita arrogancia. De nada sirve proclamarse racionalista cuando se ensalza a un líder político como a un mesías, se entra en fervor místico ante una bandera, o se acoge a una ideología como un nuevo texto sagrado. Ser ateo consecuente tendría que ser renunciar a todos los colectivismos redentores.

Hemos dicho que en 1938 Voegelin habla de “religiones políticas”. Entonces lo que tiene en mente es sobre todo el nacionalsocialismo.

Voegelin no es el primero en hablar de la suplantación de la religión por parte de la política. Hay infinidad de autores que lo han hecho desde Donoso Cortés en adelante y la teología política es prácticamente una disciplina dentro de la ciencia política. Pero su crítica de las religiones políticas tiene algo de original, por su vinculación específica con el gnosticismo[10], más que con un cristianismo secularizado, como se había hecho hasta entonces.  En “Ciencia, política y gnosticismo” y “El sucedáneo de la religión” habla ya más de gnosticismo que de religiones políticas, lo que no quiere decir que haya una ruptura clara y que deje de usar ambos términos. No hay una sustitución de un término por otro, solo prevalencia de uno sobre otro en distintas épocas.

No negamos que hay algo de arbitrariedad en el uso que hace Voegelin del término “gnosticismo”, pero nos parece más apropiado que hablar de “religiones”, pues la vida ultraterrena no parece tener espacio aquí y además es asumir lo que el propio Voegelin ejemplificaba como “símbolo del lenguaje” de la Modernidad, una de esas creencias inconscientes que desvela el uso del lenguaje. En este caso, que la esfera religiosa y política son diferentes, y tienen que ser diferentes. Es una premisa muy moderna que se asume pretendiendo ser antimoderno.  William Cavanaugh lo explica muy bien[11]: “religión” es un término que empieza a tener circulación en el siglo XIX, antes era el magma en el que vivían las personas, como el oxígeno que respiraban, y no era un término separado de la vida cotidiana. Hablar de “religiones políticas” para un medieval sería una redundancia. Además implica una denigración de la dimensión religiosa, y al romper con la trascendencia no se puede hablar de religión.

Nosotros creemos que es mejor hablar de gnosticismo: un culto críptico, sin logos, hostil al mundo y que exige adscripciones ciegas.

Voegelin atribuye el fenómeno de la “desdivinación” del mundo moderno a la herejía gnóstica, que con su expansión cultural y social favoreció que la esperanza ultraterrena propia de las sociedades premodernas se trasladara a un plano inmanente. La Modernidad sería la victoria postergada de los gnósticos[12]. 

Hay que matizar que por supuesto una cosa es el gnosticismo histórico, que es importante para Voegelin, y otra cosa es lo que entiende él por gnosticismo político, que no necesariamente tiene rigor histórico. El conocimiento de Voegelin del gnosticismo histórico no era muy profundo. Su visión del tema está influida por las investigaciones de Hans Jonas y Hans Urs von Balthasar.  Lo que en el texto de 1938 aparece tangencialmente, el gnosticismo, tras la lectura de estos autores se convierte en central.

El gnosticismo histórico es ese ámbito de espiritualismos dados desde la llegada de Alejandro Magno a Oriente, con la respectiva orientalización del helenismo, hasta la Edad Media, ya con herejías gnósticas dentro del cristianismo. Son cultos minoritarios, elitistas, en los que prima un dualismo absoluto, un rechazo de este mundo y del cuerpo, y donde el conocimiento individual de verdades ocultas es la vía de salvación. Peter Brown llama al gnosticismo de los años finales del Imperio Romano un “platonismo negro”[13].

Son gnósticos, por ejemplo, Simón el Mago, Marción, Hermes Trismegisto o Valentín.

Uno de los libros que Voegelin conocía, hemos dicho, es el de Hans Jonas, La religión gnóstica. El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Aquí Jonas analiza, con una gran erudición las creencias gnósticas, sus orígenes históricos y su impacto en el pensamiento religioso y filosófico, especialmente en relación con el helenismo y el cristianismo primitivo. El epílogo del libro, de apenas veinte páginas, se titula “Gnosticismo, existencialismo y nihilismo”. Realmente lo que explicita en este epílogo ya estaba implícito en todo el desarrollo previo del libro. Jonas, tras haber hecho un impecable análisis del fenómeno histórico, concluye que el que el gnosticismo ha sobrevivido de alguna manera en el nihilismo moderno. Ese desprecio a la realidad, a la naturaleza y al hombre, y ese apostar la salvación a logomaquias de moda sólo aptas para pequeños grupos de iniciados recuerda demasiado a la filosofía contemporánea hegemónica.

Pascal, con su dios transmundano, y Nietzsche, con su voluntad, aparecen como epígonos del gnosticismo. El pesimismo que suspira por mundos que no están en este mundo le parece a Jonas, en general, muy gnóstico. Pero sobre todo es Heidegger [14] el que se le antoja como una especie de Hermes Trismegisto en tiroleses: eso de estar arrojado al mundo es literalmente una frase gnóstica. Además, le ubica en el existencialismo, muy en boga todavía en los años cincuenta y muy a pesar de que el autor de Ser y tiempo repudiara la etiqueta; esta corriente filosófica sería para Jonas una filosofía claramente neo- gnóstica.

Voegelin sigue este patrón de buscar presencias gnósticas en las configuraciones del mundo actual. En lugar de Heidegger acusa a Hegel[15], por ejemplo, pero la concepción es la misma que Jonas. Uno ve el gnosticismo más en la filosofía, otro más en la política.

Voegelin es acusado de “inventarse” una nueva definición ahistórica de gnosticismo. Pero él no pretende reducir el gnosticismo político al histórico, al que realmente existió. De hecho, casi no hace referencias al mismo y no parece estar particularmente interesado en él. Él llama gnosticismo a la filosofía hegeliana, al positivismo, al marxismo, o al fascismo. Entiende como tal, pues, una especie de religión fallida, o un culto secular, que privilegia ciertas creencias irracionales en conceptos que no tienen raigambre necesariamente en la realidad[16].

Para Voegelin el gnosticismo sería también una suerte de fuerza espiritual o política, mientras que para un historiador de las religiones sería un fenómeno determinado que sucedió en un espacio geográfico y temporal concreto.

La polémica recuerda a la que hubo en torno al Barroco y que entretuvo a Eugenio d´Ors y J.A. Maravall. Para el primero, filósofo, Barroco es un “eon”, una fuerza espiritual, una voluntad que lucha por imponerse a través de la historia. Estaríamos entonces ante un estilo -en el sentido más amplio del término- que en parte seguiría vigente hoy. Para Maravall, historiador, en cambio, Barroco es el imaginario de un periodo histórico determinado y centrado en los países contra-reformistas[17].

Aquí nosotros también entendemos el gnosticismo como un “eon”. Y por supuesto aceptamos que el rigor científico no está de nuestro lado, pero como recurso literario, si se quiere, nos vale. Así la ideología de género o lo woke, por ejemplo, sería la expresión actual del “eon” gnóstico.

A este respecto Álvaro Roca tiene una tesis doctoral, ‘La Gnosis Antigua y las teorías Gender: Análisis crítico de la coincidencia y relación de sus antropologías desde la noción de persona de la tradición cristiana’, en la que hace una interpretación voegeliana de la teoría queer.

También es recomendable La extraña muerte del marxismo[18] de Paul Edward Gottfried, cuyo último capítulo, “La izquierda postmarxista como religión política”, usa a Voegelin como referente. Gottfried ve en este caso a Jürgen Habermas, y en general a toda la Escuela de Frankfurt, como encarnación del gnosticismo político. Afirma que esa superioridad moral en la que una minoría intelectual se arroga el mandato de liberar a la sociedad de sus prejuicios y convicciones religiosas, para convertirlos en perfectos ciudadanos progresistas y cosmopolitas, tiene algo de maniqueísmo, maniqueísmo del iranio Mani, trasladado al siglo XX.

Hay una constante en toda la obra de Voegelin: el rechazo a los conceptos que van por delante de la realidad[19]. O sea, un rechazo de las ideologías: todas ellas. Al principio de su vida se opone a algunas en concreto, pero al final acabará diciendo que todo filtro ideológico es siempre una perversión de la realidad.

Evidentemente, Voegelin será toda su vida antihegeliano; cree que la filosofía sólo puede conceptualizar lo que ya existe, no puede inventarse lo que llamará -siguiendo a Robert Musil en El hombre sin atributos[20]- una “Segunda Realidad”, que no es más que ideología en su peor sentido posible. La filosofía no puede y no debe ir nunca por delante de la “Primera Realidad”, porque además ésta es tozuda y acaba vengándose: de esto dan razón los fracasos de todos los regímenes con una fuerte carga ideológica [21].

El triunfo de comunismos y fascismos, también la prevalencia de los idealismos y positivismos en la academia, convencieron a Voegelin de que lo que llamó “desdivinizacion” de la vida humana por parte de la Modernidad había llevado a una “redivinación” secular e inmanente, que sin embargo era ciega a la condición humana, la real, de la “Primera Realidad” que se mueve en la “metaxia”, una doble dimensión del alma humana entre espiritual y mundana, entre el orden y el caos[22]. Las nuevas religiones laicas dan sentido a la vida, pero no a la muerte. El alma humana existe abierta a la trascendencia, al negar esto, las nuevas religiones lo que hacen es aplastarla. O dicho más frívolamente: el ser humano es religioso por naturaleza, si le privas de esa faceta, se vuelve loco, no lo aguanta y busca cultos de sustitución[23].

Aparece entonces el gnosticismo: una “Segunda Realidad” que se construye contra la primera.  La cuestión política se torna complicada entonces: es difícil encontrar puntos de acuerdo entre dos personas que se mueven en distintas realidades. La solución que aporta Voegelin en 1938 es el resurgir religioso[24]. Ya sea dentro de las iglesias históricas o con nuevos y foráneos liderazgos, hay que recuperar un sentido religioso que esté conforme con el orden del ser. El gnosticismo político se vence con verdadera religión, cuando esta es hegemónica, aquél no tiene espacio (el gnosticismo perdió peso en el imperio Romano Germánico, por ejemplo, en el que la Iglesia y el Imperio mantuvieron un equilibrio).

Vamos a concluir tratando de resumir lo que es el gnosticismo político según Voegelin. De hecho él lo hace en las últimas páginas del libro[25]; enumera seis características:

1)      El gnóstico se encuentra insatisfecho con su situación. No le gusta su puesto en la realidad. Se siente arrojado a un mundo que le desmerece.

2)      Considera que el mundo está mal organizado. Se niega a reconocer que él puede no ser bueno, o que la humanidad puede no ser perfecta.  Si la situación no es la ideal, es debido a la maldad del mundo, nunca a la de los hombres.

3)      Creencia de que es posible la salvación del mal en este mundo; la autosalvación meramente humana.

4)      Le sigue la creencia de que el orden del ser tiene que transformarse en un proceso histórico concreto; el medio para hacerlo es la política, que es salvífica porque contribuye a la causa. 

5)      El quinto es el rasgo gnóstico más estricto: la creencia de que la acción humana puede modificar el orden del ser, y que este esfuerzo ya es en sí mismo redentor. Al estar en el grupo de los justos, todas las acciones son intrínsecamente buenas; y cuando son obscenamente malas, hay que juzgarlas por su noble intención original, no por sus consecuencias.

6)      El conocimiento -la gnosis- es el método para transformar el orden del ser. Por el llegamos a la autosalvación del ser humano.

Hay un punto que Voegelin toca pero no profundiza, y es el rechazo al cuerpo. George Leon Kabarity, de la Universidad de Sevilla, tiene un magnífico Trabajo de Fin de Máster que se puede consultar en PDF llamado La religión política en Voegelin, donde desarrolla, desde el filósofo alemán, el rechazo al cuerpo y a la naturaleza humana en general, como característica del gnosticismo político. También lo hace Álvaro Roca en la tesis que hemos mencionado. Obviamente Voegelin escribió cuando estos temas no estaban en el debate público. Pero pensar que el cuerpo es una jaula en la que has podido nacer con un sexo equivocado, por ejemplo, es un dualismo gnóstico de manual.

El transhumanismo también es un gnosticismo político. En Velocidad de Escape de Mark Dery desarrolla la idea de “tecno-gnosis”, y repasa la obra intelectual y artística, en este caso militante y consciente, de pensadores y activistas ciberpunks que se consideran a sí mismos gnósticos.

Si se nos permite un apunte crítico por nuestra parte, otra cosa que Voegelin no trata y que sí está en el libro de Hans Jonas es la figura de los arcontes[26]. Estos son unos demonios de la cosmogonía que son muy malos porque impiden o retrasan la autosalvación humana. Es muy de nuestro tiempo gnóstico esto de creer que para todo hay culpables, y que si no hubiera determinadas personas o estructuras, intrínsicamente perversas, viviríamos en una Era de Acuario permanente.



[1] Pág. 458 en la edición de 1977 del Instituto de Cultura Colombiana.

[2] Gómez Dávila, Nicolás. Textos I. Villegas editores, 2002, Bogotá, p. 63.

[4] Abad Torres, Alfredo Andrés. (2010). Ibidem, p.193.

[5] Abad Torres, Alfredo Andrés. (2010). Ibidem, p.191.

[6] Ambos textos están traducidos en un solo volumen: VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas. Trotta, 2022, Madrid.

[8] VOEGELIN, Eric. La nueva ciencia de la política. Katz, 2006, Buenos Aires. Pág. 160.

[9] SANCHEZ FERLOSIO, Rafael. Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado. Destino, 2002, Barcelona.

[10] VOEGELIN, ERIC. Las religiones democráticas, pp. 79 y ss.

[13] BROWN, Peter. El mundo de la Antigüedad tardía. Taurus, 2021, Madrid.

[15] VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas, p 83.

[17] VALVERDE, José María. “El barroco: una visión de conjunto” en Obras Completas IV. Trotta, 2000, Madrid.

[18] GOTTFRIED, Paul Edward. La extraña muerte del marxismo. Ciudadela Libros, 2007, Madrid.

[19] “Presentación”, de Guillermo Graíño y José María Carabante en VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas, p.10.

[22] CARABANTE MUNTADA, J.M. Ibidem, p. 110.

[23] VOEGELIN, Eric. Hitler y los alemanes. Trotta, 2024, Madrid, p. 225.

[25] VOEGELIN, Eric. Las religiones democráticas, pp. 127 y ss.

[26] JONAS, Hans. La religión gnóstica: El mensaje del Dios Extraño y los comienzos del cristianismo. Siruela, 2003, Madrid, p. 77 y ss.

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