El
conocido como Grupo de Bogotá fue un conjunto de profesores de la Universidad
de Santo Tomás que protagonizaron la variante colombiana de la filosofía
latinoamericanista. Si nos aferramos a unas fechas concretas para delimitar su
vigencia, podríamos decir que ésta empieza con la publicación en 1977 de la Metafísica
desde Latinoamérica[1]
de Germán Marquínez, y se cierra con la desmitificadora recapitulación que
supuso la Crítica de la razón latinoamericana[2] de Santiago
Castro-Gómez en 1996.
En esos casi veinte años el Grupo creó un Máster en Filosofía Latinoamericana, reeditó grandes clásicos del pensamiento colombiano que se encontraban descatalogados, abrió el Centro de Enseñanza Desescolarizada, y sacó la Revista de Filosofía Latinoamericana, que todavía se edita actualmente.
Pero
sobre todo originó un corpus teórico propio de gran interés, con varios libros
de fuente primaria y secundaria escritos por los miembros del Grupo. Hay textos
con innovadoras propuestas de metafísica, filosofía política o ética, pero
también muy buenos manuales de introducción a la filosofía en general o a la
obra de determinados autores (Ricoeur, Marx o Zubiri, por ejemplo).
El
mundo editorial colombiano no es especialmente dinámico y muchos de estos
libros ya no circulan ni siquiera por internet, pero están en la biblioteca de
la Universidad Santo Tomás o en la Biblioteca Nacional de Colombia, y se pueden
consultar allí sin mayores dificultades.
Si
la Filosofía Latinoamericana se nutre en gran medida de la influencia inicial
de Ortega y Gasset -a través de José Gaos y Leopoldo Zea-, la gran originalidad
de estos pensadores colombianos es que su principal referente es Xavier Zubiri.
Germán
Marquínez, tal vez el pensador más prominente de la primera hornada de los
pensadores del Grupo, había sido discípulo directo del filósofo donostiarra,
cuya “metafísica de la realidad” le parecía más útil para el continente
americano que cualquier filosofía orteguiana, más anclada en Europa. (No hay
que obviar, por otro lado, la siempre conflictiva recepción de Ortega y Gasset
en Colombia y la decisiva actuación de Gutiérrez Girardot, un referente
intelectual de primer orden en el país, que detestaba al madrileño, y que
siempre elogió y fomentó la recepción de Zubiri, creando el magma cultural
favorable al filósofo vasco que una generación después cristalizaría en el
Grupo de Bogotá).
Marquínez,
recientemente fallecido, tuvo que exiliarse a España, donde se convirtió en uno
de los miembros más respetados de la Fundación Xavier Zubiri. Allí se conservan
todas sus obras y grabaciones de sus conferencias.
Paralelamente,
otro destacado miembro del Grupo de Bogotá es Roberto Salazar Ramos, autor de Postmodernidad
y verdad[3],
entre otros libros. Trabajaba muy influido por Michel Foucault. La lectura de
este pensador francés y su “anti humanismo” también será de gran relevancia en
aquellos años de violencia en Colombia, y dará lugar a polémicas muy
representativas sobre cómo entender la Modernidad, Occidente o el humanismo en
contextos periféricos.
Uno
de los discípulos de Salazar Ramos es Santiago Castro-Gómez, tal vez uno de los
filósofos iberoamericanos más célebres de la actualidad. Castro-Gómez rompió
con sus maestros y encarnó, como hemos apuntado, el final del Grupo de Bogotá.
Sería necesario estudiar en profundidad las razones de la ruptura, ubicar el
pensamiento de Castro-Gómez dentro de la teoría postcolonial actual; y sobre
todo comparar la trayectoria posterior de este autor con la de Damián Pachón
Soto, un joven profesor que sigue con un equipo de estudiantes publicando
textos en la editorial de la Universidad Santo Tomás, sin ser ya propiamente
Grupo de Bogotá, pero intentando ser herederos de aquel proyecto.
Toda
esta constelación de pensadores tiene de fondo la conflictiva historia reciente
de Colombia. Fueron unos años en lo que se consideró al país andino paradigma
de “Estado fallido”, pero hubo sin embargo una gran producción intelectual que
no podemos dejar de lado. Los intelectuales colombianos pensaron con gran
hondura y urgencia lo que acontecía en su país. En sociología, historia, cultural
studies y demás disciplinas hay grandes autores que merecen ser valorados.
Los hechos trágicos por los que se conoce a Colombia son reales, pero no agotan
la realidad colombiana. Más allá de los conflictos hay una sociedad
especialmente abierta, vital y volcada hacia el futuro. Sobre todo Bogotá, que
por ser capital es la ciudad garante de la institucionalidad, y que ha recibido
desde mediados de siglo a millones personas desplazadas de otras regiones por
las distintas violencias, y que en la actualidad resulta ser una metrópolis
vibrante y compleja. La particular idiosincrasia de sus intelectuales, bien
descrita en La ciudad letrada de Ángel Rama, también tiene su reflejo en
los pensadores de los que hablamos.

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