Alain
Finkielkraut (1949) es un intelectual francés, hijo de un judío polaco
deportado a Auschwitz, que de joven se vio asociado al grupo de los “nuevos
filósofos” (Bernard Henry-Levy, Pascal Bruckner…), esos hijos díscolos de la rive
gauche parisina que en los años setenta quisieron matar al padre, siendo el
padre, claro, Jean Paul Sartre.
Finkielkraut ha tenido una larga vida y ha escrito mucho. Desde el izquierdismo universitario inicial ha derivado en su madurez hacia un conservadurismo liberal de raigambre ilustrada. La derrota del pensamiento [1], publicado a mediados de los años ochenta, demuestra que su antimarxismo fue pronto evidente, y también que supo prever el futuro con la certeza de un oráculo. El libro no está escrito contra Karl Marx, que le parece un adversario derrotado, sino contra Joseph de Maistre y contra Johann Gottfried Herder, adalides de la reacción antiilustrada, y contra Franz Fanon, Michel Foucault y Claude Levi-Strauss, a los que ve como paradójicos epígonos de los primeros y artífices involuntarios de la victoria retroactiva de la contrarrevolución decimonónica.
“Es
cierto que Marx ha sido vencido, pero por Joseph de Maistre” [2]
es la frase que podría resumir el libro. El marxismo seguía de alguna manera
con el naturalismo y el cosmopolitismo de Voltaire y Montesquieu. Era un error
que generó un horror, pero al menos asumía ciertos marcos de la Ilustración.
Sin embargo, al derrumbarse como explicación de la realidad no se ha sustituido
por más clarividencia liberal sino por un reaccionarismo de siempre vestido con
filosofías anticoloniales, identitarias y nacionalistas:
La apelación que los tradicionalistas se dan a sí mismos
no debe inducirnos a engaño: animados por la pasión del pasado, tanto los
románticos alemanes como los teócratas franceses realizan una auténtica
revolución epistemológica. Su odio a la Modernidad engendra una concepción del
mundo radicalmente nueva. Su nostalgia inaugura en el saber una mutación de la
que todavía somos ampliamente tributarios. Esos reaccionarios empedernidos son,
a pesar suyo, inventores. En su rabia por devolver al hombre a su sitio,
descubren lo impensado que actúa en él y fundan las ciencias humanas. [3]
Y continúa
poco después: “aunque los tradicionalistas abandonen con bastante rapidez el
escenario político e intelectual, toman inmediatamente el relevo los filólogos,
los sociólogos o los historiadores”[4].
Para Finkielkraut la antropología pesimista de los primeros enemigos de las
Luces, aferrada a la tierra y al prejuicio popular, ha mutado en la hegemonía
académica de la postmodernidad, aunque desprovista de toda trascendencia: “Dios
ha muerto, pero el Volkgeist sigue fuerte”.[5]
El
filósofo francés nos plantea que la figura política del reaccionario puede
haber abandonado los primeros planos del debate intelectual, pero su
impugnación sistemática y epistemológica de la Modernidad se ha convertido en
la koiné de la intelligentsia occidental desde los albores de la
misma Modernidad. Desde Martin Heidegger a Giorgio Agamben, desde los
decoloniales a la teoría queer, todos ellos parecen odiar el presente con la
misma vehemencia que lo hace Gómez Dávila, pensador al que no cita.
Tal
vez el colombiano no estaba tan solo como afirmaba testimoniar el asco por su
tiempo. Le secundan demasiadas corrientes filosóficas, demasiadas figuras del star
system intelectual, como para considerarlo particularmente intrépido.

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