Santiago
Castro Gómez, profesor de la Universidad Javeriana, se reconoce discípulo de
aquel Grupo de Bogotá (Marquínez, Salazar, Herrera Restrepo…) que a finales de los setenta y principios de
los ochenta representó la variante colombiana de la Filosofía Latinoamericana.
Eran una serie de profesores de la Universidad de Santo Tomás que convocaron la
por entonces pionera Maestría en Estudios Latinoamericanos, y a partir de ahí
construyeron un discurso latinoamericanista propio, mientras a la vez
recuperaban un archivo de pensamiento colombiano del que nadie había querido, o
podido, hacerse cargo hasta ese momento.
En otros países del continente el peso de Ortega y Gasset era fundamental debido a su influencia en José Gaos o Leopoldo Zea. En Colombia, empero, los trabajos de Gutiérrez Giradot contra el filósofo madrileño y a favor de Xavier Zubiri habían inclinado a estos profesores hacia el segundo. Por ello los textos que escribieron tienen un carácter metafísico singular, zubiriano, frente a los de sus pares mexicanos o argentinos. Castro Gómez, en su inevitable ruptura con sus maestros, les acusará entre otras cosas de, precisamente, tener un discurso metafísico sin un análisis político real. Además, tampoco le convencía el maniqueísmo sociológico, muy de la época por otro lado, en la que se consideraba al pueblo como portador de verdades incontestables y a la revolución como episodio próximo inexorable.
Fue
con la llegada a Colombia de los textos de Foucault y su asimilación cuando
Castro Gómez y otros jóvenes pensadores empezaron a considerar que el Grupo de
Bogotá no se había distanciado del logos occidental, y que si había que
desarrollar una razón latinoamericana había que bucear en la “arqueología del
pensamiento latinoamericano” (según la fórmula de Roberto Salazar Ramos).
El
Grupo como tal se disolvió, y los libros que publicaron con la mítica editorial
El Búho casi no han sido reeditados desde entonces. Queda la Revista de
Filosofía Latinoamericana, que todavía hoy se publica y es un referente, y
la impagable labor de rescate de autores colombianos del Virreinato y del siglo
XIX, del que se nutren todos los historiadores de las ideas en Colombia.
También la preocupación por una “razón latinoamericana”, que perdura en Castro
Gómez, aunque ha optado por una línea de investigación foucaultiana, frente a
la triada Marx-Ricoeur-Zubiri sobre la que se basaban los estudios de sus
maestros.
El
pensador bogotano es hoy un autor que, dentro de las varias ramificaciones de
lo que llamamos "teoría postcolonial", se encuadra en la red
"modernidad/colonialidad". Este colectivo se formó en torno a Walter
Mignolo, si bien Castro Gómez insiste en que es una “red” de autores que
mantienen su independencia, no un “grupo” uniforme intelectualmente.
Castro
Gómez adquirió cierta notoriedad con la publicación en 1996 de la Crítica de
la razón latinoamericana, que se vio reforzada en el 2005 con La hybris
del punto cero. Ciencia, raza e Ilustración en la Nueva Granada (1750-1816),
donde se aproxima al Virreinato desde una perspectiva postcolonial. Y en el
2009 publicó una continuación de éste, Tejidos Oníricos. Movilidad,
capitalismo y biopolítica en Bogotá (1910-1930), donde investiga los
dispositivos de poder que favorecieron en la capital de la República el
tránsito de una economía latifundista a otra más aparentemente industrial.
Dividido
en cinco capítulos independientes, pero con clara unidad temática, Tejidos
Oníricos busca analizar unos años cruciales del pasado para encontrar en
ellos experiencias que determinan nuestro presente, tal y como proponía
Foucault. Estudia así las exposiciones y festejos que conmemoraron el primer
centenario de la independencia, creando una “ilusión de modernidad”; la
irrupción de la publicidad y su reformulación de los roles de género; el
imaginario de la velocidad y el transporte como base de un capitalismo
industrial; la reestructuración urbana atendiendo a necesidades higiénicas y
del mercado; y el estado nacional y el control de poblaciones racialmente
diversas.
Los
“tejidos oníricos” a los que alude el título serían toda la red de dispositivos
desplegados para transformar la sociedad bogotana y adaptarla al capitalismo.
Más que poderes racionales y planificadores, de lo que se trata es de un cambio
en el imaginario que busca llegar por los afectos y deseos: un poder molecular.
La locomotora o los cosméticos trasfiguran las experiencias vitales como una
nueva forma de control social que transformará, al menos superficialmente, las
relaciones feudales que se venían arrastrando desde la época colonial.
Este
libro no consiguió tener la repercusión de los anteriores de Castro Gómez,
sobre todo en comparación con La hybris, que se ha convertido en un
libro de referencia del pensamiento colombiano moderno. Tal vez su foco
exclusivo en la capital, y solo en una época muy breve y determinada, hicieron
que mermara un poco el interés, o sencillamente ha quedado ensombrecido por las
obras precedentes. Pero Tejidos Oníricos es, sin duda, un libro de
referencia para entender las metrópolis latinoamericanas en general y Bogotá en
particular.
Hay
pocos estudios tan clarificadores como éste sobre lo que fue la llegada de
capitales norteamericanos a principios del siglo XX como indemnización por la
pérdida de Panamá, y cómo las élites económicas, a raíz de esto, dejaron de
querer ser europeas y pasaron a querer ser norteamericanas, o neoyorquinas,
replanteando todo el urbanismo y arquitectura citadinos, justo cuando
paralelamente empezaba un crecimiento irrefrenable y caótico que todavía hoy
perdura.
En
la mayoría de crónicas y memorias de la época se describe una ciudad culta
-aunque “más culta que civilizada”, dirá Hernando Téllez. Pero en el envés de
esta idealización del Bogotá del siglo XIX encontramos el libro La miseria
en Bogotá de Miguel Samper, autor liberal decimonónico felizmente rescatado
por el Grupo de Bogotá y explícitamente citado por Castro Gómez, que describe
la ciudad en la que vivió lejana de cualquier idealización: mendigos por todas
partes, robos, y atraso generalizado. Y no olvidemos que las continuas guerras
civiles entre liberales y conservadores, que si bien menos ferozmente, tenían
su correlato en la capital.
El
final de esta “ciudad letrada”, nos recuerda Castro Gómez, tiene un fin
simbólico en la muerte de Marco Fidel Suárez, “un humanista” bogotano autor de Sueños
de Luciano Pulgar, que fue atropellado por un camión en 1923: la ciudad
había cambiado, había irrumpido la velocidad y el mercado; los letrados ya no
eran necesarios.
Rama
explica que con la llegada del desarrollo industrial los letrados dejaron de
ser necesarios, y excluidos y coléricos, se volvieron contra el poder con el
que hasta entonces había colaborado. Tal vez Colombia siguió siendo un buen
ejemplo de esto, ya que muchos de sus intelectuales viven en continua rebelión,
armada o no, ya sea en la extrema izquierda –como las guerrillas-, o en la extrema derecha –como “Los leopardos”
en los treinta, o el círculo de intelectuales que se aglutinó en torno a Gómez
Dávila en las décadas siguientes.
El
imaginario de la velocidad, del que tanto habla Castro Gómez, sigue vigente en
las ilusiones de desarrollo que tanto venden las autoridades bogotanas desde
hace decenios. Hay, por ejemplo, una sempiterna promesa de construir por fin un
metro, que solo recientemente se ha concretado. La promesa y los anhelos
ciudadanos siguen: lo que significa el Metro en el imaginario bogotano va más
allá. Es la ilusión de dejar atrás lo caótico, el subdesarrollo, de ser por fin
“modernos”.
Algo
así como las líneas de Transmilenio, esos autobuses rojos y nuevos, similares a
los autobuses urbanos que ruedan por cualquier ciudad europea sin necesitar un
calificativo tan rimbombante. En Bogotá, empero, tienen un nombre que durante
los noventa simbolizó el renacer urbano: Transmilenio, “a través” del milenio,
o hacia el próximo milenio. Autobuses normales que en lugar de tener sencillos
paraderos al uso, utilizan estaciones futuristas más propias de trenes o
metros. Son pocas líneas y su billete resulta caro, pero aparecen en todas las
postales y promociones turísticas como ejemplo de lo mucho que ha evolucionado
la ciudad.
Todo
un simulacro de modernización, que sin embargo en la actualidad se encuentra
colapsado, con boicots continuos de los usuarios. No tardaron muchos años estos
autobuses en mostrarse inseguros e ineficaces, y ni siquiera cubren la ciudad
entera y millones de bogotanos no los pueden utilizar, y los millones que sí
pueden lo hacen como un suplicio. De las muchas ideas que repite Castro Gómez
es que los imaginarios de Modernidad no tienen que corresponder con una
modernización real.
[1] CASTRO-GÓMEZ,
Santiago. Tejidos oníricos. Movilidad, capitalismo y biopolítica en Bogotá
(1910-1930). Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2009, Bogotá.
Este inciso forma parte de la reseña que publicamos en
Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas, 17(2), 592-596.

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