Los
libros de teoría política anglosajona tienen, por lo general, bastantes
inconvenientes. Muchas veces no son más que páginas de relleno en torno a una
idea potente, o incluso un tuit, y podrían haberse quedado en un breve
artículo. Otras veces son demasiado circunstanciales y en una semana, cuando
caduca el trending topic que comentan, ya son inútiles.
La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna[1] de Mark Lilla, profesor en la Universidad de Columbia, tiene empero nutriente intelectual. Es un libro breve, de prosa amable y accesible. No hace falta conocer previamente a los autores que analiza porque los presenta bastante bien. Tiene ocho capítulos que se pueden leer de manera independiente, porque, como nos dice el propio autor, son textos escritos en distintas épocas de su vida y que solo se han reunido para esta publicación. De cualquier manera, como se relacionan con una línea de investigación determinada, tienen un hilo común y el libro posee una relativa unidad temática.
La
introducción tiene cierta originalidad porque en ella trata de conceptualizar
el pensamiento reaccionario. Lilla señala que sobre el pensamiento
revolucionario se ha escrito mucho, pero sobre su némesis no. A éste se le
rechaza "con la convicción autosatisfecha de que sus raíces son la
ignorancia y la intransigencia, si no motivos más oscuros"[2].
Pero cualquier persona con un mínimo nivel intelectual y de honestidad sabe que
no es tan fácil descartar a pensadores como Donoso Cortés o Joseph de Maistre,
sobre todo por lo que tienen de agudos sismógrafos de los temblores de la Modernidad.
Lilla
describe al reaccionario con la metáfora que da título al libro, "una
mente naufragada" en el río del tiempo:
El revolucionario ve el futuro radiante invisible a los
demás y eso lo electriza. El reaccionario, inmune a las mentiras modernas, ve
el pasado en todo su esplendor y también queda electrizado. Se percibe en una
posición más fuerte que su adversario porque cree que es el guardián de lo que
ocurrió realmente, no el profeta de lo que podría ser. Eso explica la
desesperación extrañamente estimulante que recorre la literatura reaccionaria,
la palpable sensación de misión.[3]
Sin embargo, no es tan sencillo concluir que
sea posible ser reaccionario en un sentido puro. No está claro que uno se pueda
salir del río de la Modernidad, que salpica mucho. La militancia en la
nostalgia como arma política, frente al uso equivalente que hace el
revolucionario de la esperanza, convierte al reaccionario "en una figura
claramente moderna, no tradicional".[4]
Los
reaccionarios, en efecto, no son ya tradicionalistas, pero tampoco
conservadores. Son, eso sí, "tan radicales como los revolucionarios, y
tienen el mismo control firme sobre la imaginación histórica"[5].
O sea, que, a su pesar, son también hijos bastardos de la Modernidad, ya que
inevitablemente reaccionan desde ella.
Lilla
no da definiciones más certeras, ni de conservador ni de tradicionalista. Y
para él, un reaccionario es básicamente quien cree que la vida moderna presenta
muchas contrapartidas y que el pasado puede ser una inspiración para el futuro.
Con una definición tan vaporosa, claro, puede etiquetar de reaccionarios a una
serie de autores incompatibles entre sí.
A la
introducción le siguen tres estudios sobre tres filósofos muy sugerentes. Y
gran parte de lo que hace recomendable este libro es que no son autores muy
estudiados: Franz Rosenzweig, Eric Voegelin y Leo Strauss. Estamos empero ante
filósofos de envergadura que no se contentan con explicaciones técnicas de
problemas puntuales. Son más bien de agarrar al zeitgeist de las solapas
y zarandearlo hasta que confiese sus secretos.
Lilla
presenta a Rosenzweig como un autor interesante. Suponemos que es reaccionario
porque busca volver a un judaísmo originario para capear las tempestades de la Modernidad,
aunque el profesor estadounidense no lo deja claro.
Eric
Voegelin y Leo Strauss, en cambio, sí presentan características reaccionarias
más evidentes. El primero, como ya hemos dicho, es un autor alemán, formado en
Austria, católico de origen judío, emigrado a Estados Unidos en 1938, donde
publicó casi toda su obra. Es reaccionario porque considera la erradicación de
la religión algo aberrante que ha conducido a los mataderos del siglo XX. A él
se le debe la frase, casi eslogan, "inmanentizar el eschatón"[6],
para referirse a cómo la Modernidad ha usurpado la teleología cristiana y ha
poblado la Tierra con evangelios políticos laicos. Su reacción consiste en
pedir la reinstauración de cierto equilibrio entre las cosas del Cielo y de la
Tierra, pasando por la filosofía política ateniense. De él hablaremos in
extenso más adelante. De momento diremos que Lilla hace una buena
introducción al pensamiento voegeliano.
Leo
Strauss, un judío alemán que también tuvo que exiliarse en EE.UU., es un
filósofo cuya vida y obra corren en paralelo a las de Voegelin, si bien su
prestigio y peso en la academia estadounidense fue superior. La correspondencia
entre ambos está publicada en español por Trotta. A Strauss se le atribuye nada
menos que ser el padre intelectual de muchos miembros del Departamento de
Estado del gobierno estadounidense (algo que Lilla pone en cuestión, por cierto[7]).
Desde
luego, es un filósofo de peso. Críptico como un jeroglífico sumerio, eso sí, su
lectura requiere ciertos conocimientos y mucho tiempo, pero merece la pena.
Dentro de los autores aquí reseñados, es el que propone una reacción más
razonable: para él, los Padres Fundadores de la República establecieron un
marco político bastante óptimo para que la naturaleza imperfecta de los hombres
pudiera desplegarse. Así que no hay que remontarse a lejanas calendas, con
recuperar el espíritu de Filadelfia de 1776 basta. Para alguien lego en el
pensamiento straussiano, este capítulo de La mente naufragada también
puede ser una buena puerta de entrada.
Los
cuatro capítulos restantes abordan distintos temas. El siguiente es un ataque a
la teología política católica. Y si bien no somos expertos en la materia, Lilla
parece verse superado por sus demonios anticristianos. Aquí sí pierde un poco
las formas y desprecia injustamente una corriente intelectual bastante más
elaborada de lo que él quiere reconocer. Lo que sí es salvable del capítulo es
su teoría del "camino no tomado"[8]:
atribuye a muchos intelectuales católicos del siglo XX la idea de que, en algún
momento en los albores de la Modernidad, algo salió mal, principalmente la
laicización, y que otra modernidad más saludable hubiera sido posible sin
necesidad de romper con el catolicismo. La idea, que a Lilla le parece
demencial, tiene, creemos, bastante recorrido.
Más
adelante, en "De Mao a San Pablo", demuestra que no es un autor
encasillable y vuelve sus armas ahora contra el izquierdismo. Analiza con buen
tino cómo cierta intelectualidad poscomunista está instrumentalizando a San
Pablo como referente, lo que evidencia que buscan articular una religión de
sustitución más que un programa político. Alain Badiou, paradigma de esta
izquierda paulina, es crudamente retratado como un pensador ridículo.
Los
dos últimos capítulos tratan sobre las relaciones de Occidente con los
musulmanes. En uno habla sobre Éric Zemmour[9],
a quien describe como un incendiario mentiroso; el otro es un análisis de Sumisión
de Michel Houellebecq. Lilla afirma que esta novela es un elogio de los
vínculos humanos que el islam, frente a la Modernidad, sí sabe cuidar[10].
De
nuevo, la imposibilidad de una sociedad sin religión como tema reaccionario.
El
epílogo versa sobre Don Quijote, quien, en su anhelo de una Edad Dorada, le
parece al autor un paradigma de reaccionario[11].
No se requiere ser un docto cervantino para notar lo flojo del razonamiento;
Lilla podría haber cerrado el libro con un capítulo más trabajado.
La
cuestión que Lilla no se atreve a plantear abiertamente, y que sin embargo
sobrevuela el texto, es la posibilidad de que los reaccionarios que estudia tal
vez tengan razón. Volver a los griegos,
a los Padres Fundadores o a una religión que vertebre la sociedad no parecen
tan malas sugerencias.
[1] LILLA, Mark. La mente naufragada. Debate, 2015, Barcelona.
[2] LILLA, Mark. La mente naufragada, p. 11.
[3] LILLA, Mark. Ibidem, p. 15.
[4] LILLA, Mark. Ibidem, p. 16.
[5] LILLA, Mark.
Ibidem, p.
14.
[6] LILLA, Mark. Ibidem, p. 58.
[7] LILLA, Mark. Ibidem, p. 82.
[8] LILLA, Mark. Ibidem, p. 91.
[9] LILLA, Mark. Ibidem, p. 105.
[10] LILLA, Mark. Ibidem, p. 125.
[11] LILLA, Mark. Ibidem, p. 139.

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