23.5.26

La mente naufragada, de Mark Lilla

 

Los libros de teoría política anglosajona tienen, por lo general, bastantes inconvenientes. Muchas veces no son más que páginas de relleno en torno a una idea potente, o incluso un tuit, y podrían haberse quedado en un breve artículo. Otras veces son demasiado circunstanciales y en una semana, cuando caduca el trending topic que comentan, ya son inútiles.

La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna[1] de Mark Lilla, profesor en la Universidad de Columbia, tiene empero nutriente intelectual. Es un libro breve, de prosa amable y accesible. No hace falta conocer previamente a los autores que analiza porque los presenta bastante bien. Tiene ocho capítulos que se pueden leer de manera independiente, porque, como nos dice el propio autor, son textos escritos en distintas épocas de su vida y que solo se han reunido para esta publicación. De cualquier manera, como se relacionan con una línea de investigación determinada, tienen un hilo común y el libro posee una relativa unidad temática.

La introducción tiene cierta originalidad porque en ella trata de conceptualizar el pensamiento reaccionario. Lilla señala que sobre el pensamiento revolucionario se ha escrito mucho, pero sobre su némesis no. A éste se le rechaza "con la convicción autosatisfecha de que sus raíces son la ignorancia y la intransigencia, si no motivos más oscuros"[2]. Pero cualquier persona con un mínimo nivel intelectual y de honestidad sabe que no es tan fácil descartar a pensadores como Donoso Cortés o Joseph de Maistre, sobre todo por lo que tienen de agudos sismógrafos de los temblores de la Modernidad.

Lilla describe al reaccionario con la metáfora que da título al libro, "una mente naufragada" en el río del tiempo:

El revolucionario ve el futuro radiante invisible a los demás y eso lo electriza. El reaccionario, inmune a las mentiras modernas, ve el pasado en todo su esplendor y también queda electrizado. Se percibe en una posición más fuerte que su adversario porque cree que es el guardián de lo que ocurrió realmente, no el profeta de lo que podría ser. Eso explica la desesperación extrañamente estimulante que recorre la literatura reaccionaria, la palpable sensación de misión.[3]

 Sin embargo, no es tan sencillo concluir que sea posible ser reaccionario en un sentido puro. No está claro que uno se pueda salir del río de la Modernidad, que salpica mucho. La militancia en la nostalgia como arma política, frente al uso equivalente que hace el revolucionario de la esperanza, convierte al reaccionario "en una figura claramente moderna, no tradicional".[4]

Los reaccionarios, en efecto, no son ya tradicionalistas, pero tampoco conservadores. Son, eso sí, "tan radicales como los revolucionarios, y tienen el mismo control firme sobre la imaginación histórica"[5]. O sea, que, a su pesar, son también hijos bastardos de la Modernidad, ya que inevitablemente reaccionan desde ella.

Lilla no da definiciones más certeras, ni de conservador ni de tradicionalista. Y para él, un reaccionario es básicamente quien cree que la vida moderna presenta muchas contrapartidas y que el pasado puede ser una inspiración para el futuro. Con una definición tan vaporosa, claro, puede etiquetar de reaccionarios a una serie de autores incompatibles entre sí.

A la introducción le siguen tres estudios sobre tres filósofos muy sugerentes. Y gran parte de lo que hace recomendable este libro es que no son autores muy estudiados: Franz Rosenzweig, Eric Voegelin y Leo Strauss. Estamos empero ante filósofos de envergadura que no se contentan con explicaciones técnicas de problemas puntuales. Son más bien de agarrar al zeitgeist de las solapas y zarandearlo hasta que confiese sus secretos.

Lilla presenta a Rosenzweig como un autor interesante. Suponemos que es reaccionario porque busca volver a un judaísmo originario para capear las tempestades de la Modernidad, aunque el profesor estadounidense no lo deja claro.

Eric Voegelin y Leo Strauss, en cambio, sí presentan características reaccionarias más evidentes. El primero, como ya hemos dicho, es un autor alemán, formado en Austria, católico de origen judío, emigrado a Estados Unidos en 1938, donde publicó casi toda su obra. Es reaccionario porque considera la erradicación de la religión algo aberrante que ha conducido a los mataderos del siglo XX. A él se le debe la frase, casi eslogan, "inmanentizar el eschatón"[6], para referirse a cómo la Modernidad ha usurpado la teleología cristiana y ha poblado la Tierra con evangelios políticos laicos. Su reacción consiste en pedir la reinstauración de cierto equilibrio entre las cosas del Cielo y de la Tierra, pasando por la filosofía política ateniense. De él hablaremos in extenso más adelante. De momento diremos que Lilla hace una buena introducción al pensamiento voegeliano.

Leo Strauss, un judío alemán que también tuvo que exiliarse en EE.UU., es un filósofo cuya vida y obra corren en paralelo a las de Voegelin, si bien su prestigio y peso en la academia estadounidense fue superior. La correspondencia entre ambos está publicada en español por Trotta. A Strauss se le atribuye nada menos que ser el padre intelectual de muchos miembros del Departamento de Estado del gobierno estadounidense (algo que Lilla pone en cuestión, por cierto[7]).

Desde luego, es un filósofo de peso. Críptico como un jeroglífico sumerio, eso sí, su lectura requiere ciertos conocimientos y mucho tiempo, pero merece la pena. Dentro de los autores aquí reseñados, es el que propone una reacción más razonable: para él, los Padres Fundadores de la República establecieron un marco político bastante óptimo para que la naturaleza imperfecta de los hombres pudiera desplegarse. Así que no hay que remontarse a lejanas calendas, con recuperar el espíritu de Filadelfia de 1776 basta. Para alguien lego en el pensamiento straussiano, este capítulo de La mente naufragada también puede ser una buena puerta de entrada.

Los cuatro capítulos restantes abordan distintos temas. El siguiente es un ataque a la teología política católica. Y si bien no somos expertos en la materia, Lilla parece verse superado por sus demonios anticristianos. Aquí sí pierde un poco las formas y desprecia injustamente una corriente intelectual bastante más elaborada de lo que él quiere reconocer. Lo que sí es salvable del capítulo es su teoría del "camino no tomado"[8]: atribuye a muchos intelectuales católicos del siglo XX la idea de que, en algún momento en los albores de la Modernidad, algo salió mal, principalmente la laicización, y que otra modernidad más saludable hubiera sido posible sin necesidad de romper con el catolicismo. La idea, que a Lilla le parece demencial, tiene, creemos, bastante recorrido.

Más adelante, en "De Mao a San Pablo", demuestra que no es un autor encasillable y vuelve sus armas ahora contra el izquierdismo. Analiza con buen tino cómo cierta intelectualidad poscomunista está instrumentalizando a San Pablo como referente, lo que evidencia que buscan articular una religión de sustitución más que un programa político. Alain Badiou, paradigma de esta izquierda paulina, es crudamente retratado como un pensador ridículo.

Los dos últimos capítulos tratan sobre las relaciones de Occidente con los musulmanes. En uno habla sobre Éric Zemmour[9], a quien describe como un incendiario mentiroso; el otro es un análisis de Sumisión de Michel Houellebecq. Lilla afirma que esta novela es un elogio de los vínculos humanos que el islam, frente a la Modernidad, sí sabe cuidar[10].

De nuevo, la imposibilidad de una sociedad sin religión como tema reaccionario.

El epílogo versa sobre Don Quijote, quien, en su anhelo de una Edad Dorada, le parece al autor un paradigma de reaccionario[11]. No se requiere ser un docto cervantino para notar lo flojo del razonamiento; Lilla podría haber cerrado el libro con un capítulo más trabajado.

La cuestión que Lilla no se atreve a plantear abiertamente, y que sin embargo sobrevuela el texto, es la posibilidad de que los reaccionarios que estudia tal vez tengan razón.  Volver a los griegos, a los Padres Fundadores o a una religión que vertebre la sociedad no parecen tan malas sugerencias.



[1] LILLA, Mark. La mente naufragada. Debate, 2015, Barcelona.

[2] LILLA, Mark. La mente naufragada, p. 11.

[3] LILLA, Mark. Ibidem, p. 15.

[4] LILLA, Mark. Ibidem, p. 16.

[6] LILLA, Mark. Ibidem, p. 58.

[7] LILLA, Mark. Ibidem, p. 82.

[8] LILLA, Mark. Ibidem, p. 91.

[9] LILLA, Mark. Ibidem, p. 105.

[10] LILLA, Mark. Ibidem, p. 125.

[11] LILLA, Mark. Ibidem, p. 139.

 

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