Uno de los grandes misterios de la filosofía es el orden de sus prestigios. ¿Qué hace que determinados filósofos sean reverenciados como oráculos modernos y se les cite hasta la saturación, mientras que otros de mayor mérito son arrojados al averno del olvido?
Sabemos que hay una dependencia de la geografía hasta niveles obscenos y que un galimatías manchando un papel se considerará un hito del pensamiento si viene escrito en alemán o francés, mientras que obras innovadoras y bien estructuradas pasarán desapercibidas si fueron escritas en idiomas con menor celebridad filosófica. La política juega claramente un papel principal, y el respaldo de estados fuertes explica sin duda la prevalencia de determinados autores. También está la importancia de la industria editorial, que es lo mismo que decir el peso económico del país donde publica un autor. Pero, sobre todo, como factor definitivo, encontramos las inercias intelectuales, es decir, la cobardía constitutiva de los académicos que hace que se regurgiten sin fin aparente a tres o cuatro autores con los que se sienten seguros, en lugar de desafiar los prejuicios de su casta y ampliar su horizonte intelectual con nuevos pensadores que presenten enfoques novedosos.


